-I like you. You are special. -Me había abierto la puerta la primera vez que entré al Riad Camilia. Yo estaba concentrada en una sola cosa: la agencia para la que trabajaba me había asignado un largo reportaje sobre el sur de Marruecos y apenas registré su sonrisa. Sólo entendí que Hamid era uno de los encargados que por turnos se ocupaban del buen funcionamiento del hotel y que estaba al tanto de mi llegada, de mi profesión y de mi nombre. Yes, I am María, nice to meet you.
El antiguo riad devenido hotelito era una maravilla. Hamid me dio datos, me sirvió té, me preguntó varias veces si necesitaba alguna cosa. Durante los días siguientes no lo vi, o si lo vi no lo vi, sólo trabajé, mucho, caminé todas las callejuelas de la medina hasta que me grabé cada recoveco en la retina. Después dejé la ciudad, crucé el Alto Atlas, trekeé por el M'Goun, dormí en el Erg Chebbi, recorrí Taroudant y me regocijé en Essaouira. Fueron 1500 kilómetros durante 14 días. Y volví a Marrakech.
I like you. You are special.
El Riad Camilia fue un bálsamo: extenuada de tanto viaje, durante 24 horas me encerré en mi habitación y no salí de la cama. La mañana en que me iba de Marruecos Hamid estaba de turno y le dije: Thank you so much, y de puro amable añadí, I like you too.
No pensé en volver a Marruecos tan pronto, pero el trabajo es así. Regresé en agosto: debía escribir sobre Ramadan. Como la primera vez, Hamid estaba ahí, ojos marrones llenos de luz y una increíble sonrisa.
Hacía un calor sofocante y Marrakech había perdido su frenético ritmo habitual; la gente estaba agotada, los comerciantes, en vez de intentar vender, dormían de cualquier modo y a cualquier hora sobre sus mercancías. La primera noche comí todas las rarezas típicas de Ramadan que pude encontrar en Jemma el Fnna, caracoles, bocadillos de huevos duros y mantequilla, pescaditos con oliva, ají y tomate. Saqué fotos, muchas. Era el día número 24 de Ramadan y la gente sólo esperaba a que fuesen las 7,10 de la tarde para beber y comer. Mi cámara, la noche y yo: Marrakech era una fiesta.
Fue al día siguiente que al contarle de la fascinación que me producía estar en Marruecos en Ramadan me invitó a cenar.
-Here, in Riad Camilia, I’ll cook for you. Please, María, be my guest.
No pensé en volver a Marruecos tan pronto, pero el trabajo es así. Regresé en agosto: debía escribir sobre Ramadan. Como la primera vez, Hamid estaba ahí, ojos marrones llenos de luz y una increíble sonrisa.
Hacía un calor sofocante y Marrakech había perdido su frenético ritmo habitual; la gente estaba agotada, los comerciantes, en vez de intentar vender, dormían de cualquier modo y a cualquier hora sobre sus mercancías. La primera noche comí todas las rarezas típicas de Ramadan que pude encontrar en Jemma el Fnna, caracoles, bocadillos de huevos duros y mantequilla, pescaditos con oliva, ají y tomate. Saqué fotos, muchas. Era el día número 24 de Ramadan y la gente sólo esperaba a que fuesen las 7,10 de la tarde para beber y comer. Mi cámara, la noche y yo: Marrakech era una fiesta.
Fue al día siguiente que al contarle de la fascinación que me producía estar en Marruecos en Ramadan me invitó a cenar.
-Here, in Riad Camilia, I’ll cook for you. Please, María, be my guest.
I like you. You are special. Le dije que sí.
En el hotel no había nadie. Nadie. Sólo la noche y el silencio, él y yo. La mesa estaba puesta primorosamente y había velas. Hamid no dejó que lo ayudara, a pesar de su largo ayuno sirvió con lentitud cada uno de los platos que había preparado. Comió, pero entre bocado y bocado me miró comer. Su mirada y su sonrisa. Y su deleite cada vez que yo le decía que lo que había cocinado era una delicia. Cada media hora se disculpaba y se retiraba a rezar. Volvía a los cinco minutos, comía unos pocos bocados y me contaba sobre Ramadan. Hamid me descubrió un mundo y yo escuchaba obnubilada. Olvidados él de su árabe y yo de mi español hablamos hasta las 3 de la mañana. Esa noche no pasó nada. Nada de nada. Hamid, con una extraña mezcla de ternura y determinación lo intentó todo. Le dije cien veces que no, que esa noche no; sí, tal vez tuve miedo. La sensación fue inolvidable: desde mi habitación y hasta que me quedé dormida lo escuché dar vueltas por el riad vacío. Al día siguiente partí hacia Fez. Estuve allí casi una semana y regresé a Marrakech dos días antes de marcharme a Madrid.
Dos días. Los dos lo sabíamos. Dormí, me levanté, salí de mi habitación y provocamos un encuentro. Hablando rápido y bajito, Hamid me invitó a su casa. A las 3 en una esquina de rue Dabachi. Le dije que sí.
Llevaba puesto un sombrero blanco y en la mano tenía un maletín. Marrakech ardía bajo el sol, Ramadan había terminado y la ciudad había recuperado su ajetreo habitual. De camino hacia la parada de ómnibus entramos a un bar y Hamid pidió dos licuados de palta. El bus arrancó recién cuando estuvo repleto de gente. Conseguimos dos asientos, yo era la única occidental. No corría el aire; mi shawl, empapado, se me pegaba a mi espalda. Poco a poco la ciudad quedó atrás, comenzaron las huertas en la tierra ocre, las nuevas urbanizaciones en medio de la nada. Anduvimos tanto que a lo lejos distinguí la silueta del Alto Atlas. Finalmente nos bajamos en un pueblito que parecía vacío. Caminamos dos cuadras por una calle de tierra y Hamid se detuvo frente a una puerta de lata pintada de verde, en la planta baja de un edificio de tres pisos.
-Welcome to my home, María.
Hamid vivía en una habitación diminuta con una ventanita tan alta que sólo dejaba ver un trocito de cielo. Tenía una cama, una mesita con una televisión, una heladerita, un lavabo y una encimera que hacían de cocina. Del techo pendía una bombita desnuda y no había ropero: la ropa de Hamid, muy ordenada, estaba apilada sobre una silla. Detrás de una cortina (lo supe después, cuando le dije que necesitaba ir al baño) había un inodoro-agujero al estilo turco.
El aire estaba inmóvil, hacía mucho calor. Me dijo que iba a comprar algo fresco y me dejó sola. Al rato volvió con yogourt y jugo de naranja. Bebimos, me pasó una toalla mojada por mi nuca para refrescarme, fumó un cigarrillo apuntando hacia la ventanita que miraba al cielo. Estuvimos juntos hasta que oscureció. Todo lo que hicimos lo hicimos en silencio, aunque durante las pausas me contó de su vida. Del pueblo de agricultores de donde venía, de su decisión de trasladarse a Marrakech para estudiar hostelería, de lo que deseaba para el futuro. Había descubierto que ni trabajando de sol a sol podría alguna vez ser dueño de un hotel, así que desde hacía unos meses, después de salir del trabajo, asistía a un curso de diseño de indumentaria. Cuando le pregunté si el tema le gustaba se rio y me dijo que no tenía ni idea de cómo se le había ocurrido semejante plan, que no sabía nada de moda y esas cosas, pero que creía que si aprendía a hacer ropa algún día iba a tener su propio negocio. Entonces, de debajo de la cama sacó su tesoro: envuelta en el embalaje original tenía una flamante máquina de coser. La desembaló con cuidado y me mostró cada una de sus partes. Volvió a reírse, me dijo que la había comprado con sus ahorros y que todavía no sabía cómo funcionaba. Hamid volvió a guardar la máquina y siguió contándome de sus sueños. Yo le acariciaba su pelo corto y duro y no sabía qué hacer con la ternura que sentía. Cerca de las ocho salimos de su casa y tomamos el bus de regreso a Marrakech. Sentados uno al lado del otro y sin que nadie nos viera, íbamos de la mano.
En la plaza frente a la terminal de ómnibus (ésa donde aparcan las calesas, a un paso de la Koutoubia), nos despedimos. Hamid amagó hacer lo que no se puede hacer en público, acariciarme el brazo, darme un beso; le dije Go back home, you beautiful thing, y él se me quedó mirando mientras atravesaba la plaza rumbo al Camilia.
Sabía que tenía que irme a dormir; temprano a la mañana siguiente volaba a Madrid y de Barajas debía ir directo a la agencia. Pero tenía un secreto y no quería que la noche terminara. Caminé sin rumbo por el laberinto del Gran Souk, comí un cous cous en Rahba Lakdima, volví sobre mis pasos hasta la rue Semarine, me compré pastas de almendras y pistachos en la Patisserie des Princes y me las fui comiendo por los callejones oscuros. Ya en mi habitación me bañé, hice mi maleta y me metí en la cama.
Entregada al ritmo febril de la agencia, en Madrid trabajé sin parar varios días. No hubo tiempo para otra cosa: mi vida era editar fotos y darle forma a toda la información acumulada. A la noche terminaba tan cansada que tomaba una caña y un bocadillo en el bar de Alex, veía la mitad de una peli y me quedaba dormida. Finalmente entregué el trabajo; me quedé conmigo misma. Entonces, después de tenerla tan guardada, afloró mi historia con Hamid como un torrente desbordado. Reviví cada instante, cada gesto, cada sonrisa, cada mirada. Me dije que toda la vida me regodearía recordando lo que vi, lo que escuché, lo que sentí. Y que si alguna vez encontraba las palabras para contar todo eso que viví, lo iba a escribir.

