Estoy aquí
Hoy no estoy en India ni en Nepal. Estoy aquí. Travelling without moving. Tengo que confesar unas cuántas cosas. Y desembucharé sin corregir. Momento, apago la música que me distrae. Continúo. Decía o no decía que estoy en mi nido. Finalmente, después de tres o cuatro meses de silencio lo digo: estoy aquí. Para sentirme a gusto cambié todos los muebles de lugar, puse mi cama en un rincón de lujo, a Chet Baker en el equipo de música, me serví un vino y me asomé un buen rato al balcón. Verano, ventanas abiertas, olor a lluvia caliente, grillos, mariposas nocturnas y la tipa llena de hojas verdes. La sensación me gustó. ¿Será que finalmente me han crecido raíces? Pequeñitas, puede ser, pero raíces al fin. De pronto he sentido que ya no estoy más ausente. Y no me refiero a este lugar, a un determinado lugar, me refiero al planeta Tierra. Fue así, milagrosamente. Ya no vuelo por la estratófera; he aterrizado y ¡oh! soy visible. Y no porque sea joven-vieja-flaca-gorda-rubia-morena o haya salido a pasear con un tremendo escote. He dejado atrás las transparencias y me he vestido de ser. Mundo: aquí estoy, tengo una expresión en la cara, una sonrisa en los labios, un letrero en la frente: ésta soy yo. Y, aunque reconozco que esta vez me he demorado más de la cuenta, otra vez, mundo, te quiero comer. La vieja voracidad me invade. Como cuando era niña no la puedo contener. Saborearte. Paladearte. Mundo. Con mi boca, con mis labios, con mi cuerpo, con todo mi ser. Vení, que te como. Vení, que te doy y me darás placer.
Fluye mi sangre, me pican los mosquitos. Tal vez me vaya a Colombia. ¿A hacer qué? A inventarme el trabajo que me falta, a mirar, a escribir, a estar sola con mi letrero en la frente, a fotografiar. Y si no será otra cosa. Lo esencial es no olvidarme de que soy una chica grande y que todavía hay un montón de cosas que quiero vivir.
Sé que como siempre que escribo ‘without moving’, lo único que hago es auto-confirmarme, darme permiso, pedirle al mundo que no se enoje conmigo ni me juzgue. Lo admito, son resabios de mi niñez. Soy vulnerable, esa pequeña niña, por eso imploro por favor, por favor, allá voy, allá necesito ir. Con poco trabajo, con poco dinero, en la cuerda floja. Sí. Pero no me vengan con la cantinela de de qué te escapás, no me sermoneen diciéndome que los nómades están todos locos, que no tengo paz, que lo que busco lo puedo encontrar acá. Los primeros hombres fueron nómades. Los guiaba el instinto de supervivencia y la curiosidad. Se hicieron sedentarios cuando necesitaron un corral donde encerrar el ganado, una despensa donde atesorar provisiones, una caja fuerte donde esconder el dinero, un armario donde guardar la ropa y las colecciones de zapatos. Dejaron de ser curiosos y se volvieron conquistadores.
Lo único que quiero es volver a los orígenes. No a los orígenes de mengano o sultano. A lo míos. Y a mí lo único que me importa –aparte de mis dos hijos- es alimentar mi curiosidad, aprender, y escribir. Para eso tengo que viajar.









