27/01/12

Ramadan

Chilabas blancas sobre azul noche. La oscuridad calurosa, seca y quieta, el humo espeso de los puestos de comida de Jemma-el-Fnna enturbiando el cielo de Marrakech. Faltan sólo unos minutos para que suene la sirena que marca el fin –por hoy- del ayuno de Ramadan y las calles del Gran Souk están desiertas, las puertas de las tiendas cerradas con candados, las mezquitas colmadas de gente. Ramadan dura casi un mes según el calendario lunar y se practica –en Marruecos- desde cerca de las 4 de la madrugada hasta las 7,10 de la tarde. Durante esas largas horas los musulmanes devotos no comen, no beben ninguna clase de líquidos, no fuman y no mantienen relaciones sexuales.

 -I like you. You are special. -Me había abierto la puerta la primera vez que entré al Riad Camilia. Yo estaba concentrada en una sola cosa: la agencia para la que trabajaba me había asignado un largo reportaje sobre el sur de Marruecos y apenas registré su sonrisa. Sólo entendí que Hamid era uno de los encargados que por turnos se ocupaban del buen funcionamiento del hotel y que estaba al tanto de mi llegada, de mi profesión y de mi nombre. Yes, I am María, nice to meet you.
El antiguo riad devenido hotelito era una maravilla. Hamid me dio datos, me sirvió té, me preguntó varias veces si necesitaba alguna cosa. Durante los días siguientes no lo vi, o si lo vi no lo vi, sólo trabajé, mucho, caminé todas las callejuelas de la medina hasta que me grabé cada recoveco en la retina. Después dejé la ciudad, crucé el Alto Atlas, trekeé por el M'Goun, dormí en el Erg Chebbi, recorrí Taroudant y me regocijé en Essaouira. Fueron 1500 kilómetros durante 14 días. Y volví a Marrakech.

I like you. You are special.

El Riad Camilia fue un bálsamo: extenuada de tanto viaje, durante 24 horas me encerré en mi habitación y no salí de la cama. La mañana en que me iba de Marruecos Hamid estaba de turno y le dije: Thank you so much, y de puro amable añadí, I like you too.
No pensé en volver a Marruecos tan pronto, pero el trabajo es así. Regresé en agosto: debía escribir sobre Ramadan. Como la primera vez, Hamid estaba ahí, ojos marrones llenos de luz y una increíble sonrisa.
Hacía un calor sofocante y Marrakech había perdido su frenético ritmo habitual; la gente estaba agotada, los comerciantes, en vez de intentar vender, dormían de cualquier modo y a cualquier hora sobre sus mercancías. La primera noche comí todas las rarezas típicas de Ramadan que pude encontrar en Jemma el Fnna, caracoles, bocadillos de huevos duros y mantequilla, pescaditos con oliva, ají y tomate. Saqué fotos, muchas. Era el día número 24 de Ramadan y la gente sólo esperaba a que fuesen las 7,10 de la tarde para beber y comer. Mi cámara, la noche y yo: Marrakech era una fiesta.
Fue al día siguiente que al contarle de la fascinación que me producía estar en Marruecos en Ramadan me invitó a cenar.
-Here, in Riad Camilia, I’ll cook for you. Please, María, be my guest.

I like you. You are special. Le dije que sí.

En el hotel no había nadie. Nadie. Sólo la noche y el silencio, él y yo. La mesa estaba puesta primorosamente y había velas. Hamid no dejó que lo ayudara, a pesar de su largo ayuno sirvió con lentitud cada uno de los platos que había preparado. Comió, pero entre bocado y bocado me miró comer. Su mirada y su sonrisa. Y su deleite cada vez que yo le decía que lo que había cocinado era una delicia. Cada media hora se disculpaba y se retiraba a rezar. Volvía a los cinco minutos, comía unos pocos bocados y me contaba sobre Ramadan. Hamid me descubrió un mundo y yo escuchaba obnubilada. Olvidados él de su árabe y yo de mi español hablamos hasta las 3 de la mañana. Esa noche no pasó nada. Nada de nada. Hamid, con una extraña mezcla de ternura y determinación lo intentó todo. Le dije cien veces que no, que esa noche no; sí, tal vez tuve miedo. La sensación fue inolvidable: desde mi habitación y hasta que me quedé dormida lo escuché dar vueltas por el riad vacío. Al día siguiente partí hacia Fez. Estuve allí casi una semana y regresé a Marrakech dos días antes de marcharme a Madrid.

Dos días. Los dos lo sabíamos. Dormí, me levanté, salí de mi habitación y provocamos un encuentro. Hablando rápido y bajito, Hamid me invitó a su casa. A las 3 en una esquina de rue Dabachi. Le dije que sí.

Llevaba puesto un sombrero blanco y en la mano tenía un maletín. Marrakech ardía bajo el sol, Ramadan había terminado y la ciudad había recuperado su ajetreo habitual. De camino hacia la parada de ómnibus entramos a un bar y Hamid pidió dos licuados de palta. El bus arrancó recién cuando estuvo repleto de gente. Conseguimos dos asientos, yo era la única occidental. No corría el aire; mi shawl, empapado, se me pegaba a mi espalda. Poco a poco la ciudad quedó atrás, comenzaron las huertas en la tierra ocre, las nuevas urbanizaciones en medio de la nada. Anduvimos tanto que a lo lejos distinguí la silueta del Alto Atlas. Finalmente nos bajamos en un pueblito que parecía vacío. Caminamos dos cuadras por una calle de tierra y Hamid se detuvo frente a una puerta de lata pintada de verde, en la planta baja de un edificio de tres pisos.
-Welcome to my home, María.
Hamid vivía en una habitación diminuta con una ventanita tan alta que sólo dejaba ver un trocito de cielo. Tenía una cama, una mesita con una televisión, una heladerita, un lavabo y una encimera que hacían de cocina. Del techo pendía una bombita desnuda y no había ropero: la ropa de Hamid, muy ordenada, estaba apilada sobre una silla. Detrás de una cortina (lo supe después, cuando le dije que necesitaba ir al baño) había un inodoro-agujero al estilo turco.
El aire estaba inmóvil, hacía mucho calor. Me dijo que iba a comprar algo fresco y me dejó sola. Al rato volvió con yogourt y jugo de naranja. Bebimos, me pasó una toalla mojada por mi nuca para refrescarme, fumó un cigarrillo apuntando hacia la ventanita que miraba al cielo. Estuvimos juntos hasta que oscureció. Todo lo que hicimos lo hicimos en silencio, aunque durante las pausas me contó de su vida. Del pueblo de agricultores de donde venía, de su decisión de trasladarse a Marrakech para estudiar hostelería, de lo que deseaba para el futuro. Había descubierto que ni trabajando de sol a sol podría alguna vez ser dueño de un hotel, así que desde hacía unos meses, después de salir del trabajo, asistía a un curso de diseño de indumentaria. Cuando le pregunté si el tema le gustaba se rio y me dijo que no tenía ni idea de cómo se le había ocurrido semejante plan, que no sabía nada de moda y esas cosas, pero que creía que si aprendía a hacer ropa algún día iba a tener su propio negocio. Entonces, de debajo de la cama sacó su tesoro: envuelta en el embalaje original tenía una flamante máquina de coser. La desembaló con cuidado y me mostró cada una de sus partes. Volvió a reírse, me dijo que la había comprado con sus ahorros y que todavía no sabía cómo funcionaba. Hamid volvió a guardar la máquina y siguió contándome de sus sueños. Yo le acariciaba su pelo corto y duro y no sabía qué hacer con la ternura que sentía. Cerca de las ocho salimos de su casa y tomamos el bus de regreso a Marrakech. Sentados uno al lado del otro y sin que nadie nos viera, íbamos de la mano.
En la plaza frente a la terminal de ómnibus (ésa donde aparcan las calesas, a un paso de la Koutoubia), nos despedimos. Hamid amagó hacer lo que no se puede hacer en público, acariciarme el brazo, darme un beso; le dije Go back home, you beautiful thing, y él se me quedó mirando mientras atravesaba la plaza rumbo al Camilia.
Sabía que tenía que irme a dormir; temprano a la mañana siguiente volaba a Madrid y de Barajas debía ir directo a la agencia. Pero tenía un secreto y no quería que la noche terminara. Caminé sin rumbo por el laberinto del Gran Souk, comí un cous cous en Rahba Lakdima, volví sobre mis pasos hasta la rue Semarine, me compré pastas de almendras y pistachos en la Patisserie des Princes y me las fui comiendo por los callejones oscuros. Ya en mi habitación me bañé, hice mi maleta y me metí en la cama.
Entregada al ritmo febril de la agencia, en Madrid trabajé sin parar varios días. No hubo tiempo para otra cosa: mi vida era editar fotos y darle forma a toda la información acumulada. A la noche terminaba tan cansada que tomaba una caña y un bocadillo en el bar de Alex, veía la mitad de una peli y me quedaba dormida. Finalmente entregué el trabajo; me quedé conmigo misma. Entonces, después de tenerla tan guardada, afloró mi historia con Hamid como un torrente desbordado. Reviví cada instante, cada gesto, cada sonrisa, cada mirada. Me dije que toda la vida me regodearía recordando lo que vi, lo que escuché, lo que sentí. Y que si alguna vez encontraba las palabras para contar todo eso que viví, lo iba a escribir.

17/01/12

La señora Esperanza

Entré en el hostal como un náufrago: por favor deme una habitación decente, una cama con sábanas blancas, un baño con agua caliente, un laundry donde vaciar toda mi mochila. Mi ansiedad contrastaba con la calma chicha de la isla de Flores. Aquí todo funcionaba al compás lento de los ventiladores. Ovidio (quien después fue mi amigo) me dijo: disculpe seño, no tenemos disponibilidad. Yo estuve a un tris de ponerme a llorar. El viaje desde Cobán hasta la pequeña ciudad de El Petén había sido larguísimo, con un montón de trasbordos de combis-camionetas, incluido el cruce en Sayaxche de un río –el río Pasión- en canoa.
-Yo llamé, pero las líneas estaban mal.
-Así es, aquí eso suele suceder.
-Y ahora adónde voy.
-Pues seño, no sé.

Me quedé muda y me dije que el destino me lleve a donde me tenga que llevar; sino -la mochila como lastre- me suicido en las aguas del lago Petén-Itza. Pichón mojado, todavía abrigada aunque en Flores hacía más de 30 grados, una voz me habló. Veía televisión a un costado de la recepción, su gigantesca humanidad despanzurrada entre almohadones. 
-Y tú de dónde eres, española de Andalucía o qué?
La mujer tenía el pelo retinto, la piel blanca, los ojos color miel. Ladina le dicen en Guatemala a esta casta, mezcla de nativo y conquistador español.
-No soy andaluza, soy argentina. Mi nombre es María, encantada. ¿Es usted la dueña del hostal?
-Así es corazón, bienvenida. Yo soy Esperanza.

Esperanza no tiene cejas: se las ha depilado enteras. En vez de pelitos tiene dos trazos curvos café perfectamente dibujados sobre sus ojos. La boca como un bombón rojo, los pómulos llenos de colorete, una blusa con ristras de volados, un jogging azul y zapatillas blancas. Mamá no era gorda y no se parecía ni remotamente a Esperanza, pero de pronto lo único que quiero es volver a ser niña y que esta señora me proteja.
-Ya te ha dicho Ovidio, no hay disponiilidad.
-Pero duermo aquí, en cualquier lado, en un huequito. Sólo présteme un baño donde ducharme, Esperanza.
Esperanza ríe con su risa grave y dice que todas las argentinas, como las andaluzas, somos unas exageradas.
-Es que me gusta todo, su hostal, Ovidio, usted y su nombre. Me gusta esta isla, me gustan los techos de chapa de las casas, las barcas de colores. Quiero dejar mis cosas en algún lado e irme a un muelle a no hacer nada mientras murmuran enloquecidos los zanates.
La risa otra vez y a Esperanza se le sacunden las carnes. A que en tu tierra no hay zanates... Si los hubiera querrías una tarde sin ellos. Ah con estas mujeres lejanas, dice a un San Benito enmarcado en una pared, y luego da instrucciones a Ovidio para que me instale en la habitación número 6.
-Mañana te mudamos a una habitación como la gente-, me dice levantando una ceja café.
Yo me muerdo los labios para no llorar de alegría, vacío mi mochila entera en el laudry, me doy un baño, ceno frente a los muelles mientras arman delicioso barullo los zanates. Después me duermo rodeada de olor a limpio, porque la número 6 que me ha regalado Esperanza es una habitación extraña, más bien el depósito donde apiladas en estanterías se guardan las sábanas y toallas blancas.





16/01/12

Musas

Son cinco mujeres. Una lleva tres críos, otra cuatro patos, otra un costal de semillas, la más vieja un atado de machanes –las hojas con las que se hacen los tamales-, la más joven (tan joven...) una guagua en el regazo y otra colgada a la espalda.  Salidas de algún rancho perdido en el vacío inmenso de los Cuchumatanes, suben a la combi repleta en un cruce de caminos entre Nebaj  y Cunen y se acomodan como pueden, alrededor mío. Se sonríen porque siempre sonríen, no me hablan porque son de pocas palabras, no me hablan porque parezco gringa. Mi pelo rubio y mi altura las inhiben. Pero poco a poco les explico: soy argentina, latinoamericana, del mismo continente que Guatemala. Tengo este color de pelo y de piel porque soy hija de inmigrantes, pero mi lengua es el español; hablo igual que ustedes.

Las observo todo el tiempo. Se me van los ojos atrás de sus movimientos dóciles y de sus maravillosos atuendos. Las miro en los mercados, en los chicken buses, trabajando al sol y a mano en las huertas, vendiendo sus habilidades en las calles, llevando flores a la iglesia, encendiendo una vela a un santo, haciendo tortillas alrededor de los braseros, revolviendo guisos en los fogones de los comedores populares, criando hijos, pollos y cerdos, y cuidando un marido que aunque sacrificado y trabajador, se emborracha de tanto en tanto para ahogar las penas. Sus tocados como recién hechos, sus manos de uñas cortas sin una mácula de tierra, sus huipiles como recién estrenados, sus “cortes” (polleras) sin una arruga. Pequeñitas, silenciosas, su pelo azabache siempre brillante y su andar de paso corto, van y vienen por los campos ondulados y las calles empedradas trabajando sin parar. Paren hijos, les dan la teta a toda hora hasta que se les acaba la leche porque el cielo ha querido mandarles un hijo más. Sin agua corriente en sus casas y sin embargo la ropa limpia, el fuego siempre encendido, sin dinero y sin embargo siempre un plato de comida. Pisos de tierra apisonada, sandalias aunque haga frío, niños que van a la escuela, el sueño atrasado, madres de sus hijos y de los hijos de sus hijos, de sus padres y hasta de sus maridos. Mujeres. Razón de vida y hacedoras de vida, sostienen el mundo, lo reinventan cuando ha perdido la poesía y cuando parece que se detiene, con su perseverancia y sabiduría lo vuelven a hacer girar. 


13/01/12

Cuchumatanes: campesinos entre dos fuegos


Lejos de todo, de Guatemala City, de Huehuetenango –la cabecera del departamento-, de las guías turísticas y de los shuttles que sólo llevan extranjeros que no hablan una palabra de español, está Todo Santos Cuchumatán, un pueblito hundido en un valle rodeado por las montañas desoladas de la cordillera de los Cuchumatanes. La cordillera está emplazada en el noroeste de Guatemala, cerca de la frontera mexicana de Chiapas, en una de las zonas más recónditas de Centroamérica. Dos cosas me atrajeron sobremanera de los Cuchumatanes: La lejanía y dificultad para llegar –desafíos que siempre me resultan irresistibles-, y el hecho de que sus pueblos  -entre ellos Todos Santos, Nebaj y San Francisco el Alto- hayan sido escenarios de las mayores matanzas de campesinos durante la guerra civil que, aunque larga, tuvo su momento más álgido a partir de 1980. Yo había leído y quería ver.  
Cuentan cosas tremendas: los campesinos, en su mayoría de ascendencia maya, iletrados, paupérrimos, ajenos a lo que sucede más allá de sus pequeñas parcelas sembradas y olvidados desde siempre por todos, fueron usados por los rebeldes y los militares para hacer los trabajos más horrendos: torturar, matar, enterrar, degollar, desollar, perseguir, culpar, quemar, acusar. No importaba a quienes, hijos, hermanos, amigos, compadres, fueran de un lado o de otro, inocentes, culpables, sospechosos, ancianos, niños recién destetados y adolescentes; los trabajos asquerosos, los que ni un bando ni otro querían hacer, los campesinos de los Cuchumatanes debían hacer. 
Aunque en estas soledades viven pocos, cuentan que aquí murieron tantos que es imposible saber. Como en Perú con Sendero Luminoso (recuerdo "La hora azul", de Alonso Cueto), como en Colombia con las FARC, como en Ciudad Juárez con los traficantes de droga, como cuentan el paraguayo Roa Bastos, el guatemalteco Asturias, el mexicano Rulfo y tantos otros escritores latinoamericanos, los que pagan son los humildes, los que les da lo mismo la izquierda, el centro o la derecha, porque no tienen tiempo de andar con ideologías, porque sólo les preocupa el abrigo, una cama donde reposar los huesos y el pan de cada de día.
Tardé mucho en llegar a Todos Santos. Fue una vieja combi desde Huehue a Tres Caminos, luego otra más destartalada donde nos amontonamos 22 adultos y 7 niños, y, finalmente y cara al viento, la parte trasera de una camioneta. Durante dos horas nunca paramos de subir. Los Cuchumatanes empiezan de pronto, y las combis caracolean inclinadas a 20 km por hora echando un denso humo negro. En cada curva, como para que los motores descansen, el conductor se detiene, el ayudante abre la puerta corrediza y de algún lado siempre aparece alguien que quiere subir. Regáleme un lugar, vaya atrasito, por favor seño... Y la gente, callada, se aprieta para que quepa alguien más. Sube un viejo con sombrero y altas botas de goma embarradas, baja una mujer que huele a brasero y a campo, da de mamar a su crío una preciosa recién parida, se quedan dormidos hasta los que van parados, un hombre dice Conductor deténgase que tengo que mear. Otra curva, la puerta corrediza. Se bajan tres, suben cinco. Regáleme un lugar, por favor seño... Sin chistar todos se aprietan un poco más.
Desde la cima de los Cuchumatanes se tocan las nubes y el cielo. La tierra arada y sembrada baja en parcelas de colores hasta los ranchos. Ya en la caja de la camioneta atravesamos un meseta, después descendemos hasta Todos Santos. En lo que parece la plaza del pueblo el conductor de la camioneta frena y a manera de despedida dice Servidos señores.
Lo primero que veo es la arquitectura raquítica de Todos Santos rodeada de un paisaje fabuloso. Lo primero que veo es que ha sido día de mercado. Lo primero que veo es hombres vestidos todos iguales. No importa la edad, todos llevan pantalones blancos con rayas rojas, ancha faja de colores, camisa clara con la espalda y el cuello bordados. En la cabeza, un sombrero de paja con una cinta azul, amarilla y roja. Lo primero que pienso es que de alguna extraña manera he atravesado el espacio y he aterrizado en otro mundo. Pienso también y al mismo tiempo que es 24 de diciembre, son las 3 de la tarde y no sé dónde voy a dormir. La mujeres levantan los puestos, los hombres, acostumbrados a la soledad del trabajo en el campo, conversan entre sí con timidez. Alguien me indica una calle y una puerta. Con mi mochila a cuestas esquivo montañas de verdura, atados de leña, bolsas de semillas, cal en trozos, y un hombre -su atuendo perfecto- tirado en el piso, completamente borracho. En el hotel no hay huéspedes salvo, gracias a Dios, dos suizos y un canadiense. Decidimos pasar la Nochebuena juntos. En un almacén compramos cerveza, tortillas, frijoles, queso, semillas de marañón y chocolate. Son las 5 y se hace de noche en Todos Santos, titilan las lucecitas en los campos, el pueblo está desierto, hasta el borracho ha desaparecido. Yo escribo esto y recuerdo; es lo único que tengo, el recuerdo, porque a pesar de lo que me gusta, no saqué ni una sola foto. No fue miedo a una reacción, tampoco el temor de mostrar mi cámara en un lugar tan pobre. Fue la sensación de estar presenciando algo muy íntimo, algo que me producía inmenso pudor, la sensación de estar viendo las vidas de los campesinos de Todos Santos hasta los tuétanos.

05/01/12

Los Garífuna, un puñado de sobrevivientes

Como en el Alka, el hotel sobre los ghats de Varanasi, una lagartija habita detrás del espejo del baño de mi choza-habitación. La lagartija india se llamaba Indra y yo sólo veía su estampida verde cuando encendía la luz; a ésta -mucho menos tímida, ya que es Garífuna- la bauticé con el nombre de Celia Cruz. Celia Cruz se mete en su escondite cuando mi presencia es muy evidente, sino anda de lo más campante por toda mi habitación. Mi choza de palos y paja, la luz titilante, la ducha fría y Celia Cruz suceden en Livingston, un puerto perdido sobre el mar Caribe a donde he venido a parar después de dos horas de lancha desde Río Dulce.

Podría engañarme diciéndome que ansiaba escuchar en vivo la música Garífuna –cosa en un punto muy cierta-, sin embargo sé que vine a Livingston porque me atraen las historias de sobrevivientes: A lo largo del siglo XVII cientos de esclavos huidos de naufragios se refugiaron en la isla de Saint Vincent. Allí se mezclaron con los Arawak, indígenas nativos del mar Caribe, dando origen a una etnia nueva: la de los Caribes Negros, o Garífuna. Famosos por su sangre aguerrida, los Garífuna le hicieron la vida imposible a los colonizadores ingleses, hasta que finalmente fueron vencidos y deportados a la isla de Roatán, en Honduras. Allí muchos murieron de inanición y los que lograron sobrevivir se trasladaron a distintos puntos de las costas caribeñas de Guatemala, Honduras y Belice. En Livingston vive la mayor comunidad Garífuna de Guatemala. 
El extraño dialecto de los Garífuna es una mezcla de lenguas africanas, Caribe y francés. También su música, basada en la percusión, es única. Los Garífuna son apenas unos miles, sin embargo, en esta península a donde sólo se llega por agua han creado un universo propio, tan distinto al resto de Guatemala que uno se pregunta si no ha errado el rumbo y ha desembarcado en Barbados o Jamaica. Eso es sólo la primera impresión, en seguida uno se da cuenta de que los Garífuna no se parecen a nadie. Son tan negros carbón como los etíopes o nigerianos, pero notablemente bajos y con tendencia a la gordura. Y a diferencia del pueblo maya, tan sumiso y silencioso, éstos hablan fuerte y gesticulan con vehemencia, como si estuvieran siempre a punto de guerrear. Sin embargo los Garífuna son muy pacíficos, adhieren al rastafarismo e idolatran a Bob Marley.
Livingston no es lo que una guía de turismo catalogaría como idílico paraíso, es apenas un humilde puerto sobrevolado constantemente por enormes pelícanos donde duermen viejos barcos de hierro y lanchas despintadas. Tampoco el mar es el Caribe de postal: aquí todavía tiene el color que al gran Golfo de Honduras le arroja el río Dulce. El pueblo es un racimo de casitas de tablas de madera remendadas con chapas, paja o cemento. Las gallinas y los pavos conviven con las guaras y los loros; los gatos, con los cerdos y los perros. Todos buscan comida en las veredas, en los muelles, en las cocinas cuando encuentran una puerta entreabierta. La selva late ahí, siempre cercana; llueve finito y luego sale el sol, entonces los olores de la tierra mojada y de la fruta madura invaden las callecitas y huele a papaya y a pescado, a sal, a barro, a humedad y a aceite frito. Por la extrema pobreza, el calor y la costumbre, muchos de los Garífuna andan descalzos. Las mujeres, contrastando enormemente con el recato de las mujeres mayas, bambolean sus carnes bajo la lycra chillona, los ancianos llevan sombreros de paja de copa alta y los jóvenes, con rastas hasta la cintura, usan remeras con la estampa del Che o de Bob, pantalones oversize y boinas con los colores rastafari. En Livingston la corriente eléctrica va y viene cuando quiere y sólo algunas de sus casas tienen agua corriente: para lavar la ropa y asearse hombres y mujeres van al lavadero municipal. El lugar es el sitio más limpio del pueblo: una gran pileta de agua cristalina techada, con pequeños fregaderos individuales donde cada cual se higieniza o hace la colada.
En este lugar tan particular amanecí el 31 de diciembre. Durante la mañana caminé dos horas hasta las Cascadas de Siete Altares, me zambullí en los enormes pozones y dejé que el agua me limpiara el alma. Después regresé a mi habitación-choza, me duché, y a manera de homenaje me puse un vestido blanco, el único que llevo en mi mochila. Me preguntaba cómo festejarían los Garífuna el Año Nuevo, así que al atardecer fui hasta la calle principal del pueblo. Los puestos de comida y artesanías funcionaban como siempre. Las mujeres iban y venían ofreciendo llenarte la cabeza de trencitas, en las veredas se encendían los braseros para hacer tortillas y los pescadores remataban lo que quedaba de la pesca del día. Salvo los tambores que ya calentaban en el local Ubafu, no había vestigio de que esa noche fuera de fiesta, y justamente eso hacía que fuera especial. En la terraza de un restaurante cualquiera me senté a comer un tapado, plato típico hecho con leche de coco, curry y camarones. Y mientras ante mis ojos, en vísperas de Año Nuevo, sucedía la humilde vida cotidiana de los Garífuna, supe que estaba en el lugar correcto. No sabía por qué ni para qué, pero el 2012 debía empezar aquí.

30/12/11

Tikal, la belleza de la espera


Escuchaba que de los árboles caían pesados goterones pero no llovía. La senda estaba resbaladiza de barro, raíces, hojarasca y musgo; una niebla blanca, inmóvil, velaba la tierra y el cielo. Sólo de cerca veía las ceibas gigantescas, los helechales mojados, las palmeras apretadas, las enredaderas florecidas, los líquenes que desde lo alto de los árboles aquí cuelgan como barbas de viejo hasta el suelo. Los últimos sonidos de la noche se mezclaban con los primeros de la mañana. Graznaban, silbaban, cantaban, piaban, batían alas pájaros invisibles, pequeños monos agitaban las ramas, un animal desconocido aullaba y su grito poderoso, como de bicho en celo, retumbaba en la selva.
Al llegar a la Gran Plaza de Tikal trepé al Templo de las Máscaras. Me senté en el escalón más alto, frente al Templo del Gran Jaguar. Ahora son las 5,30 de la mañana y aunque ha amanecido la ciudad maya está desaparecida. Los templos son gigantescos fantasmas negros, la niebla es la reina de la mañana. Me digo que hay que esperar, de eso se trata y me gusta: hace ya un tiempo que estoy de viaje y en algún lado, probablemente en las incontables horas de chicken bus, he perdido el apuro. Sentarme aquí, en la piedra húmeda, y aguardar a que el sol ahuyente a la niebla es lo único que quiero. Qué belleza la oscuridad blanca que me rodea, qué belleza este silencio lleno de extraños sonidos, qué belleza el olor húmedo de la selva, qué belleza el tip-top tip-top de los goterones de la lluvia que, misteriosamente, no me moja ni tampoco cae del cielo. 

26/12/11

Atitlán y los conquistadores silenciosos


Atitlán se ha parecido siempre al paraíso. El enorme lago, rodeado de volcanes y laderas selváticas donde los indígenas cultivan pequeñas parcelas de maíz y café, está salpicado de pueblitos a donde sólo se puede llegar en lancha desde Panajachel, el pueblo con más servicios del lago. Atitlán está enclavado en Los Altos, una espectacular región montañosa donde la población es en su gran mayoría maya. El lago parece que tuviera vida propia. De mañana es pura calma, el sol, el cielo despejado y los volcanes reflejándose en el agua como si fuera un espejo. A media tarde comienza a soplar el Xocomil, un viento que arrastra nubes y hace saltar las barcas entre las olas. Los pueblitos del lago son varios. Mi plan era instalarme en Santa Cruz, en una choza frente al lago y en medio de la nada, pero mi cuerpo acusó recibo de la habitación fría y las duchas congeladas de Chichicastenango y decidí quedarme en Panajachel, tomando Optamox cada 12 horas. La idea resultó perfecta: todas las mañanas durante 4 días las dediqué a conocer cada recoveco de Atitlán. A eso de las 2 volvía a Panajachel, almorzaba-cenaba, me bañaba y me metía en la cama hasta el día siguiente. Fueron 4 días extraños, sol y paseos en lancha a la mañana, festines culinarios en los restaurantes Árbol de Fuego y  Jazmín y 12 horas de sueño. Es bastante probable que sin mi enfermedad me hubiera ido antes de Atitlán, así que de alguna manera le estoy agradecida: gracias a mi tos y dolor de garganta conocí todos los caseríos y pueblos del lago y entendí la conquista silenciosa de los norteamericanos.
Y de esto se trata este post. La humanidad está buscando algo que a mí me gusta llamar serenidad. Al menos eso busco yo: serenidad de espíritu. No sucede en determinadas culturas, a determinada edad o dependiendo de determinada posición económica: nos pasa a todos. Ya conté que los estadounidenses han descubierto Guatemala desde hace un tiempo y con la intención de aprender castellano se pasan aquí largas temporadas, a veces sólo estudiando, y otras -especialmente la gente joven y con una generosidad loable- haciendo trabajos de voluntariado. Pero en Atitlán la cosa es diferente. Con la creencia de que este lugar tiene una energía especial, llegaron para quedarse. Los norteamericanos zen (casi todos retirados) han montado hoteles –rústicos, acordes con el lugar en donde están- con saunas, clases de yoga, pabellones de meditación, huertas orgánicas y slow food. Hasta aquí genial. El tema es su inserción en la comunidad Tz’utujil, que vive desde tiempos inmemoriales en San Juan, Santiago, San Marcos, San Pedro, Jaibalito o Santa Cruz, por sólo nombrar algunos de los pueblos de Atitlán.
Los Tz’utujil viven, visten, trabajan y hablan como hace una eternidad. Las mujeres son preciosas: visten huipiles azules bordados, cortes (faldas largas) y rebozos y llevan cintas de colores en el pelo. Son increíbles tejedoras, madres tiernas, cocineras maravillosas, incansables trabajadoras. Los hombres, con pantalones rayados rojos y blancos a la rodilla, camisa, faja ancha, sombrero de paja y sandalias de cuero, trabajan la tierra, reman en endebles barcas de madera aunque sople el Xocomil, cargan leña, y de vez en cuando, para olvidar las penas, se agarran unas terribles borracheras. Todos ellos, mujeres, hombres y niños hablan cotidianamente en Tz’utujil y usan el español como segunda lengua.
Durante mis recorridas por el lago, durante mis festines culinarios en Árbol de Fuego o en Jazmín, fui entendiendo que la mayoría de los norteamericanos que se han instalado en Atitlán sólo buscan aprender el suficiente español necesario para pedir algo u ordenar. Han formado un gueto, no pretenden asimilar nada, aprehender una cultura: son conquistadores, y como conquistadores, todo el mundo acaba hablándoles en inglés.
Estaba ya harta de sus peroratas (Oh, I found THE place, now I meditate and play the flute…) cuando me pasó lo siguiente:
Desembarco en San Marcos. Entro en un hotelito cuyas cabañas, muy rústicas, me parecen una preciosura. Me atiende el dueño, a la legua norteamericano. Me hago la tonta.
-Buenos días señor.
- Good morning.
-No habla castellano?
-No, I don´t.
-So I guess I should speak in English.
-Yes.
-Do you have availability? May I see a room?
-Lupita!- le dice a una hermosa mujer Tz’utujil que barre el patio- Show room number 3 to the lady!

No me gustan, no me gustan, nunca me han gustado. En una de sus increíbles crónicas de viaje, Paul Theroux habla de lo engañoso que es el turismo como fuente de trabajo: los ingresos económicos mejoran, pero la calidad de vida (sobre todo la de la gente que sólo puede acceder a los puestos de trabajo más básicos) se deteriora de una manera irreversible. Lupita ahora no sólo tiene que aprender inglés (¿con los años olvidará su Tz’utujil?) sino que en vez de tejer maravillas trabaja de mucama. Cuando me siento mejor, hago mi mochila, tomo un tuc-tuc hasta la calle principal de Panajachel y me subo en un chicken bus rumbo a Sololá. Desde lo alto miro el lago por última vez y pienso que de Atitlán recordaré a las tejedoras Tz’utujil del precioso pueblito de San Juan y los platos increíbles de Árbol de Fuego y Jazmín. ¡No quiero ver más  norteamericanos zen!

Mientras estuve en Atitlán recordé permanentemente a mi queridísima amiga Eva. Eva es española y hace unos 5 años fuimos juntas a Mallorca por primera vez. Yo tenía que escribir un artículo para Audi sobre la espectacular costa Tramuntana y la pasamos increíble, salvo cuando entrábamos en algún hotel que nos gustaba y prácticamente nos echaban porque no hablábamos alemán. Eva estaba desconsolada, decía, cómo es que ha sucedido esto, soy extranjera en mi propio país...

21/12/11

Chichicastenango: Guatemala profunda


Hacía frío y chorreaba una llovizna finita. No había viento, sin embargo las nubes descubrían cada tanto un pedacito de cielo. Entonces el sol hacía brillar los charcos, las paredes mojadas, las cintas de colores de los tocados de las mujeres quichés.
Chichicastenango está metido en un hueco entre cerros verdes. Es grande, pero de tan apretado parece pequeño. Entre calles adoquinadas y muros blancos la gente se arracima en un enorme mercado. Los domingos y jueves llegan de los alrededores indígenas a surtirse de lo que necesitan y a vender sus productos, curiosos y muchos turistas, pero lo cierto es que Chichi tiene alma de mercado todos los días de la semana.
Antigua y su aire de comodidad cosmopolita quedaron atrás, lo supe ni bien entré en la Posada Los Arcos: mi habitación estaba helada y olía a humedad. Bienvenida al viaje, me dije, y salí a caminar las calles con guantes y gorro de lana. Chichi es difícil de describir. Podría decir que es sucia y pobre, que es un enorme comedero, que huele a sopa y cilantro, a carne y pollo fritos, que el aire está continuamente enturbiado por las cenizas del palo santo que se quema en la plaza, que los perros famélicos hurgan las bolsas de basura, que jamás en mi vida vi viejos tan viejos, que los niños andan desgreñados y tienen los piececitos pegoteados de barro. Todo esto es cierto y sin embargo falso. Nada es sólo lo que se ve, si no más bien lo que se siente. Chichi es hipnótica. Una y otra vez enfoco y saco la misma foto, me siento en los escalones de la iglesia a pesar de que decidí irme porque el humo del palo santo me hace arder los ojos y tengo frío. Basta ya, me digo, sin embargo me quedo. La plaza, la blanca iglesia de Santo Tomás adornada con banderitas de colores porque llega la Navidad, los fogones donde espuman grandes cacerolas de latón turquesa, las mujeres con precioso atuendo quiché haciendo tortillas alrededor de los braseros, las vendedoras de flores ocupando la escalinata de la iglesia, los innumerables puestos de ponchos, huipiles y fajas bordadas a mano, los pasadizos oscuros donde se venden parvas de maní, habas, trigo, maíz, chiles secos, frijoles, nueces…
Todo el día ando perdida en un radio de tres o cuatro cuadras. Me alejo un poco y llego hasta el cementerio de colores trepado en una loma, a la vuelta paso por una esquina donde huele a gallinero. Varias mujeres –cada una con una gallina, un pollo joven, o un gallo amarrado de las patas o dentro de un canasto- esperan a que un  comprador se fije en sus bien alimentados tesoros.  En la plaza me siento en un comedor y tomo un caldo de verduras con hueso de res. Las mujeres mayas uniformadas con telas bordadas color añil, sólo permitiéndose diferenciarse una de la otra por lo llevan en los pies, los hombres con sombreros de ala ancha, camisa rayada, pantalones de colores y anchas fajas sentados a mi alrededor. Seño yo speak english, Seño cómpreme, Seño de qué país es, Seño así que le gusta Chichi, Seño cómo es que usted parece gringa si no lo es…
Chichi se prepara para Navidad pero desde hace tres días y hasta mañana conmemora sus fiestas patronales. El dueño de la posada me ve regresar y aunque le digo que tengo frío y estoy cansada me manda nuevamente a la plaza. Seño se perderá los bailes, la misa, los cohetes. Así que me abrigo más y me vuelvo a ir. En una esquina baila al son de una marimba un grupo de enmascarados. Son increíbles. Están emplumados imitando al quetzal, sin embargo llevan máscaras de cortesanos, con bucles y rizados bigotes empolvados. En la plaza se han encendido las luces aunque el ritmo continúa febril como si fuera de día. En la escalinata de la iglesia conviven las floristas con curiosos, familias, borrachos y mendigos. Un par de humildes indígenas balancean sahumerios de palo santo arrodillados frente a la puerta. Dentro resuena la música. Por un segundo dudo: aunque la letra es religiosa el ritmo es de un chachachá. Pero así es, la iglesia es una fiesta. Globos de colores cuelgan en racimos del techo, los santos están vestidos con sus mejores ropajes, una gran orquesta hace sonar marimbas y trompetas. Los fieles, vestidos todos con esmero, han rebalsado los bancos y hay sillas de plástico azul por todos lados. Por momentos la música cesa, el cura habla y la gente aplaude. Después el chachachá,  lleno de amor y esperanza, recomienza en Chichicastenango. 

19/12/11

Chicken bus a Chichi


Antigua es una belleza por donde se la mire, por algo ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad. Tan preciosa es y tan cerca está de Guatemala City que es un paraíso para muchos viajeros, especialmente estadounidenses, que se instalan aquí con la buena excusa de aprender castellano. Esto ha hecho que la ciudad, sin perder del todo su identidad, tenga cualquier cosa que puedas necesitar y un cierto aire cosmopolita. Lo diré sin vueltas: Antigua se siente un poco como una postal, y yo necesitaba sentirme de viaje.
Así que me fui. Las guías –Lonely Planet, Rough Guide, etc., etc.- y las agencias de viaje guatemaltecas aconsejan contratar buses privados para trasladarse de un lado a otro. La razón que dan es que el transporte público es peligroso (según ellos el país está plagado de bandidos y ladrones) y muy incómodo. Yo me fui una mañana hasta la terminal y descubrí que ardía de gente –en su mayoría indígenas- y que había buses que salían cada 10 minutos hacia todos los destinos posibles. Siempre digo que si uno hiciese caso a las guías de viaje no viajaría a ningún lado. Escritas en países del primer mundo, consideran peligroso lo que para una argentina (o viajero independiente con un poco de experiencia) es normal. Así como para ir a la India te aconsejan que te des 10 vacunas, para venir a Guatemala te sugieren que viajes con custodia o -entrelíneas- que vengas armado con un fusil.
Fuck Lonely Planet, me subí en un chicken bus. Mi destino era Chichi –Chichicastenango-, ciudad cuyo mercado (montado todos los domingos y jueves) es el más grande de Centroamérica. Los tours organizados llegan el mismo día del increíble espectáculo, a media mañana. Yo partí un día antes; quería amanecer allí y tener el mercado desde las 7 hasta las 10 todo para mí. En la terminal descubrí que los buses guatemaltecos llegan a todos lados, pero nunca en forma directa, si no haciendo varias combinaciones. Para ir a Chichi tuve que ir primero hacia Chimal – Chimaltenango-, bajarme en El Cruce y ahí sí, tomar el bus a Chichi.
El chicken bus es eso: un gallinero con ruedas. Los famosos school buses amarillos que en algún momento USA desechó vinieron a parar a Guatemala y son usados para el transporte público. Casi todos están pintados de estridentes colores, aunque no es extraño ver un school bus tal cual se los ve en las pelis norteamericanas transportando indígenas por el medio del campo. 
En el gallinero con ruedas hay filas de asientos separadas por un angosto pasillo central. Los asientos son para dos personas, pero obligatoriamente (nadie puede ir parado) se deben sentar tres. No importa si una de las personas lleva un gallo precioso en una jaula, un bulto enorme o una guagua colgando de la espalda. El amasijo es fenomenal, pero nadie se queja y todos viajan de buen humor. El problema es cuando el bus trepa o baja por un camino sinuoso: en cada curva el bamboleo se asemeja al de la montaña rusa. No hay de donde agarrarse y los asientos, de liso cuero gastado, son patinosos, así que al ritmo acelerado del conductor, para la izquierda vamos todos y luego para la derecha nos caemos todos, mujeres con guaguas, gallos, bultos, niños y ancianos. Lo peor es si te toca sentarte contra el pasillo, medio trasero apoyadito apenas y el resto en el aire. No sólo acabás en el piso cada dos por tres (o aplastada en el asiento al otro lado del pasillo), si no que tenés que lidear con los vendedores ambulantes que suben irremediablemente en cada parada. Pollofritopollofritopollofrito,  habitasconchilehabitasconchile, juguitosseñofresquitosjuguitosseñofresquitos,  tortillascalentitastortillascalentitas… eso es lo de menos. Me tocó un buen tramo del viaje a El Cruce un Testigo de Jehová dando una conferencia sobre mi cabeza. El hombre se despachó sobre el amor en Navidad y las virtudes de una crema que cura hongos, granos y alergias, producto que vendió a casi todos los viajeros del bus.
Fuck Lonely Planet, no le creo nada, aunque en cuanto a la incomodidad tiene razón. Pero ¿quién me quita lo bailado? 

17/12/11

Agua, Fuego y Acatenango


Amanece en Antigua. Agua, Fuego y Acatenango, los tres volcanes que rodean a la ciudad, se recortan nítidos contra el cielo. Éste es el mejor momento para apreciarlos; a media mañana una nube larga y esfumada seguramente los partirá al medio, con el correr de las horas llegarán nubes gordas y violáceas y les esconderán para siempre los cráteres. Agua y Acatenango parecen apagados, Fuego tiene una espumita blanca ronroneando a su alrededor. Está echando algo, me dicen, quizá sólo vapor.
El empedrado, vacío de gente, brilla negro como recién lustrado. El silencio de la mañana es tal que sólo se escucha el graznido ahuecado de un pájaro desconocido. Huele a jazmines, a azares, a aire humedecido, a selva cercana y  a café guatemalteco recién molido. Bordeo La Merced, toda barroca amarilla y blanca, y me detengo bajo el Arco de Santa Catalina. Desde allí las casitas bajan alineadas hasta que Antigua se acaba contra los cerros. Una es roja, otra rosa, la siguiente celeste, naranja, verde, azul. Antigua es un deslumbrante despliegue de colores, preciosas ventanas enrejadas, altos paredones desbordados por buganvillas y bignonias, tejados gastados, galerías bajo largos soportales, solitarias palmeras y patios floridos. Pero sobre todo la ciudad es lo que sus tres feroces volcanes le han hecho a lo largo de casi cinco siglos. Camino y a cada paso descubro iglesias. Enteras y reconstruidas muchas, dañadas algunas, en ruinas otras. Cada una de ellas, aunque sus columnas hoy sostengan un trozo de cielo, es maravillosa. Antigua me hace pensar en la fuerza incontrolable de la naturaleza y la perseverancia del ser humano: me han destruido, a flor de piel tengo las cicatrices, me duele tanto pero aquí me quedo y comienzo de nuevo. La belleza de la resiliencia hecha ciudad.