SerViajeraFotos: Varanasi, ciudad sagrada
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La vida en viaje
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El Ganga o Ganges, uno de los ríos sagrados de la India, nace en las alturas y antes de ensuciarse y contaminarse baña las orillas de Rishikesh, en el estado de Uttaranchal. Tierra de Shiva, deidad hindú creadora y destructora, Rishikesh está llena de ashrams y escuelas de yoga, sadhus, occidentales convertidos al hinduismo, vacas que pululan por las callecitas, monos de cola larga y cara blanca, hippies y amantes del rafting y el trekking. La ciudad, como el Ganga, tiene un fascinante y atrayente espíritu joven. Inolvidable, memorable, refrescante y energizante, resulta bañarse en las aguas transparentes y frías del Ganga...
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Cuando el estado de Punjab se quedó sin capital (en la dolorosa 'Gran Partición' realizada por los ingleses antes de marcharse de la India la ciudad de Lahore quedó del lado paquistaní), el presidente Nehru contrató al arquitecto Le Corbusier para diseñar una nueva y moderna capital para Punjab y Haryana. Con menos de medio siglo de vida, construida en hormigón, con grandes avenidas y paseos arbolados, Chandigarh es un ejemplo de cómo una ciudad modifica a sus habitantes. Aquí se respetan los semáforos, no se tira basura en la calle, hay menos congestión de tránsito y se toca menos bocina.
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Amritsar, en el estado de Punjab, es una ciudad -como todas las de la India- absolutamente caótica. Semáforos que nadie respeta, polución, suciedad, motos a toda velocidad, bocinas contantes. Sin embargo, Amritsar esconde uno de los más bellos y sugestivos templos de la India: el Golden Temple. Construido por los Sikhs, el templo puede visitarse a cualquier hora los 365 días del año. Los Sikhs son de espíritu y carácter abierto y permiten que toda persona (cubriéndose la cabeza, los hombros, las piernas y descalzo) disfrute de este fascinante reducto de paz.
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Además de estar a pocos kilómetros de la frontera con Pakistán, Srinagar, capital de Jammu-Kashmir, mantiene un largo conflicto con el gobierno indio, ya que sus habitantes ansían un estado independiente del resto del país. Después de años de atentados y masacres, hoy Srinagar vive tiempos de paz, aunque la presencia militar, las cercas de púas y los tanques de guerra, le dan a la ciudad un aspecto de polvorín a punto de estallar. Absolutamente musulmana, el corazón de Srinagar late en Dal Lake, un enorme lago lleno de casas, palacetes y mercados flotantes. Para recorrerlo, nada mejor que una shikara, típica barca de fondo plano muy decorada y colorida.
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En el extremo norte de India, lindando con China y Pakistán, la región incluida en el estado de Jammu-Kashmir es llamada 'Little Tibet' por la similitud de sus paisajes desolados salpicados de 'gompas' (monasterios budistas) y su clima riguroso. Los ladakhis son budistas y llegaron hace siglos desde el Tibet con todas sus tradiciones y costumbres. Tanto aislamiento -6 meses incomunicados por la nieve- las impresionantes alturas del Himalaya, las pocas carreteras, y la escasa población, hacen de Ladakh un lugar remoto, perdido en el tiempo.
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Trato de no mirarlos, me digo que no existen; aquí hay tantas otras cosas para ver. Pero es imposible abstraerse, no sólo los soldados están en todas partes, se los huele como si fueran pólvora, el aire de Srinagar está enrarecido por su intensa presencia. Camino por una vereda cerrada a un lado por alambradas de púa, paso por delante de un tanque camuflado y no dejo de preguntarme si estará bien andar por allí, si no recibiré un tiro o quedaré detenida por hacer lo que no se debe hacer.
La gente de Srinagar está acostumbrada a la presencia militar y funciona como si no existiera. La mayoría odia a los soldados y en secreto ansía que Kashmir se separe de India, pero también recuerda los años en que no podía salir de sus casas por la cantidad de atentados que había en la ciudad.
Srinagar no es la India que yo vengo imaginando desde hace años; será que es absolutamente musulmana, que está muy al norte, que su conexión con Pakistán ha sido siempre íntima. Su antiguo bazar es una maravilla, mil tiendecitas donde se venden desde gallinas vivas hasta máquinas de coser, especias, pescados y fantásticas telas. Pero -oh, sorpresa- las casas tienen algo de otomano. Me fascina descubrir ornamentados edificios construidos enteramente en madera y contarle a Fran que son iguales a los de Safranbolu, en Turquía y cerca del Mar Negro, a donde llegué hace un par de años sólo para ver este tipo de casas. Conexiones, mi cabeza que vuela y se pregunta cómo y cuándo, gente que migra, tradiciones que viajan kilómetros, guetos inamovibles a través del tiempo, recuerdos que persisten… Camino y quiero volver a leer todos los libros que leí y muchos más. Quiero saber, saber y saber. Universo, dame un montón de años para leer y viajar.
En Srinagar, y a pesar de que no parece pertenecer del todo a India, nos enfrentamos por primera vez (no tomo en cuenta la fugaz experiencia en Delhi, claro) con el caos urbano de este país. Tráfico intenso, velocidad desorbitada, ni un policía que dirija o controle el tránsito, poquísimos semáforos que nadie, nadie, nadie respeta, bocinazos constantes, más de cinco minutos intentando cruzar una calle. Lo que más impresiona es el nulo respeto que se tiene por el peatón. Ser peatón en India es como ser un descastado, un innombrable. Las motos, los rickshaws, las bicicletas, los autos y camiones te apuntan como si quisieran matarte. Este país tiene tantos habitantes que qué hace uno menos.
Después de unas horas inmersa en el ruido y arriesgando la vida a cada paso es imposible no llegar a la conclusión de que los indios están hechos de otra materia o tienen las neuronas atrofiadas. ¿Cómo hacen para trabajar en ese caos? ¿Cómo hacen para enhebrar un pensamiento? Yo sólo logro concentrarme para que no me pise una moto y no puedo ni sumar dos más dos.
Más allá del absoluto desorden, Srinagar tiene dos tesoros difíciles de igualar. Uno de ellos es su espectacular y milenaria industria textil, que fabrica las más delicadas telas, famosas en el mundo entero. Las tiendas que las venden son como cuevas mágicas con el piso cubierto de colchones blancos a donde se entra siempre descalzo. Una se sienta y se queda embobada mientras el vendedor despliega las maravillas que se producen en Kashmir. Color, color, brillos, transparencias, más color. India es, por sobre todas las cosas, un desborde de color.
La otra maravilla de Srinagar es su Dal Lake, un lago enorme con mil brazos. El lago está lleno de barcos y casas flotantes donde vive muchísima gente. Hay zonas muy pobres donde se apretujan innumerables y viejas barcas semi hundidas en el barro, zonas de casas flotantes parecidas a imponentes palacios, grandísimos mercados flotantes, barcas-tiendas que venden desde comestibles hasta telas. Para recorrer el lago cientos de shikaras esperan amarradas a la vera de la larga costanera. ¿Shikara madam? ¿Shikara madam? Los dueños de estas barcas preciosas, pintadas de increíbles amarillos, verdes, o turquesas, y techadas y tapizadas con telas de vivos colores, te vuelven loca para que los contrates. Decirles continuamente que no agota, pero uno no puede irse de Srinagar sin un paseo en shikara…
De pronto se acaban los ruidos, sólo se escucha el sonido del remo entrando y saliendo del agua. El lago está quieto y desde su fondo trepan buscando la luz plantas acuáticas. El hombre que rema va sentado en la angosta popa en completo silencio; nosotras vamos recostadas en una especie de reposera-cama techada. Nos cruzamos con mis barcas de colores. Algunas van y vienen vendiendo cosas, otras trasladan gente a sus hogares flotantes. Pasamos por ‘jardines’ de nenúfares florecidos, por una barca-escuela, por un mercado formado por viejas y desteñidas shikaras llenas de verduras y frutas.
El agua, el silencio, el aire limpio, la paz. Lejos las barricadas, los soldados, los tanques, el tráfico, los bocinazos, Kashmir queriendo independizarse, India negándoselo y Pakistan apoyándolo, sólo pensando en que si eso sucediera, se lo devoraría crudo.
Entorno los ojos; me olvido de todo. Una shikara en el Dal Lake es como soñar el mejor de los sueños.
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Srinagar está pegada a la frontera con Pakistan y es la capital de la conflictiva y militarizada Kashmir. La región que circunda a la ciudad fue la más afectada durante la guerra con Pakistan en 1999 y hoy continúa siendo un enorme problema en India: Kashmir pretende separarse de India y convertirse en un estado independiente. De ahí que desde hace años grupos extremistas hayan cometido atentados terribles y que la presencia militar en la región sea densa y ponga los pelos de punta.
¿Qué estamos haciendo en Srinagar, llena de rollos de alambres de púas, casas y hoteles tomados por los militares, trincheras en todas partes, un millón de soldados con metralletas, barricadas, y tanques blindados? Después de recorrer un camino extenuante en varios jeeps-taxis compartidos, cruzar las montañas de Kashmir por el inolvidable y terrorífico paso de Zozi-La –carretera estrechísima de tierra sin banquinas ni señales que bordea los más impresionantes precipicios, llena de camiones, donde para colmo nevó y diluvió-, dejamos la paz budista de Ladakh y entramos en territorio musulmán.
Llegar a Srinagar nos llevó todo un día desde las 6 de la mañana y confieso que fue muy duro. La carretera que sube a Zozi-La era como un monstruo que había que sortear y varias veces le dije a mi ángel que era una pena morir acá, con todo lo que me falta ver. Otro tema es la manera en que conduce la gente: son suicidas que además van enchufados a la bocina. El resultado de tantas horas por caminos de muerte y eternos bocinazos, sumados a la música y el palabrerío en urdú de nuestros compañeros de viaje, es un dolor de cabeza y un mareo difícil de imaginar. Así que cuando llegamos a Srinagar lo único que queríamos era un hotel decente, limpio, con agua caliente. El Grand Hotel era, según la Lonely Planet, el mejor y más caro de los mid-budget. Allí llegamos a las 11 de la noche.
Soy una mujer ultra pacífica, de las que se banca situaciones adversas con bastante optimismo. Pero en el Grand Hotel perdí absolutamente el control. Detrás de una fachada pretenciosa nos esperaba la habitación más vergonzosa del mundo. La alfombra estaba empapada, el baño estaba sucio y a un kilómetro de distancia se veía y se olía que las sábanas estaban usadas. Bajé hecha una loca a la recepción y pedí hablar con el manager. Lo obligué a subir a mi habitación. Mi monólogo fue histórico y, minutos después, cuando nos quedamos solas con Fran, histriónico: I’m a writer, I’m going to write in every travel book about this shameful hotel. Look at the wet floor! See the stained banckets! Tomé la almohada con dos dedos y se la estampé en la cara. Look at this pillow! Smell it! Smell it! It has been used a hundreds times! El hombre decía sory madam (los indios no dicen sorry, dicen sory), sory madam, sory madam, sory madam y nos pasó a otra habitación. Él mismo se fijó que las sábanas estuvieran limpias, como si eso fuera absolutamente extraordinario. Obviamente, a esa hora no podíamos más que quedarnos ahí. Traté de serenarme, aunque cuando fui a ducharme descubrí que el agua solo salía de la ducha si apretaba con una mano continuamente la canilla. Mi furia era descomunal. Fran, asombrada de mi estado, me miraba puro ojos y me decía a cada rato calmate ma.
Bañadas y entre sabanas finalmente limpias dormimos como angelitos. A la mañana siguiente nos mudamos al hotel de enfrente. Descansadas, felices con nuestra habitación nueva y el sol en el cielo, salimos a descubrir la bella y tremendamente militarizada Srinagar.
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Lamayuru tiene la gompa más antigua de todo Ladakh, y para mí, la más impresionante y sugestiva. Como el resto de los monasterios budistas está sobre un peñón, con una aldea alrededor. Llegamos allí por un camino de tierra y piedras desde Dha, que bordeó durante dos o tres horas un arroyo sombreado por álamos dorados y después conectó con la 'highway'. Los indios la llaman así, highway, y uno no sabe si reírse o llorar. Los caminos en esta parte despoblada y montañosa de India son tremendos. Altísimos, cerrados por metros de nieve durante 5 meses al año y con un tránsito de camiones constante, los miles de paupérrimos bihars (trabajadores golondrina) que llegan de toda India durante el verano no dan a basto para mejorarlos un poco. Cada dos por tres hay que detenerse, esperar a que los bihars despejen el camino porque hubo un desmoronamiento, o desviarse por un indescifrable camino provisorio.
Los bihars dan dolor. Sólo con lo que tienen puesto, desposeídos, siks, musulmanes e hindúes conviven en condiciones inimaginables. Mucho sol y polvo durante el día; mucho frío durante la noche. Sus campamentos enormes, desolados y barridos por el viento, salpican la aridez de estas montañas.
Tres horas para recorrer 60 kilómetros. Ese es el tiempo que lleva moverse por la 'highway' de Ladakh. Lamayuru está perdido en esas soledades, y ahora, que ya terminó la temporada turística, sus pocos hoteles están cerrados y la aldea parece vacía. Sí, la gompa se ve magnífica, pero nos pareció que allí no encontraríamos sitio donde dormir. En Lamayuru terminaba el trabajo de nuestro conductor. Habíamos planeado que desde allí seguiríamos en bus. Pero bajo el sol del mediodía no encontrábamos nada: ni guest house, ni lugar donde comprar comida, ni bus, ni taxi para que nos llevaran a alguna parte. Imploramos al conductor que continuara con nosotras, pero no hubo forma de convencerlo: tenía que regresar a Leh. Finalmente una mujer nos dijo que aunque su guest house estaba cerrada nos alojaría por esa noche.
Aquí tendría que detenerme y contar cómo son las casas de Ladakh. Las muy antiguas fueron alguna vez de madera y piedra, preciosas, pero hoy se caen a pedazos; las nuevas están construidas con ladrillos y cemento y son muy precarias. Dentro todo es feo: los pisos, las camas, las lámparas, las sábanas, las mantas. La fealdad no sería nada si fuese sólo eso: el problema mayor es que todo está bastante sucio. Lo peor son los baños. El estilo occidental aquí no existe. Existe (a determinada hora de la tarde, convenida con la dueña de la casa) un balde con agua caliente y una jarrita para tirarse el agua encima. Tampoco existen las bañaderas, así que al bañarse al estilo ladakhi se empapa todo el baño.
Dejamos nuestras cosas en la guest house resignadas y con mal humor. Pero conseguimos una coca cola bastante fría y un paquete de papas fritas Lays que milagrosamente había llegado a un almacén de Lamayuru. Entonces nos olvidamos de todo y entramos en otra dimensión. El pueblo antiguo es muy pobre, sólo quedan viejecitas muy gastadas vestidas al estilo ladakhi dormitando u orando a la sombra de un árbol. Parece que fueran centenarias, aunque tengan sólo 70 ó 75 años.
La gompa resultó una espectacular maravilla. No había nadie, estábamos solas, cada una andaba perdida entre las torres y patios que se asoman a las montañas. Yo estaba extasiada con los ocres, narajas y amarillos recortados contra ese cielo único y con el sonido de las campanitas de bronce que agitaba en viento. Después de recorrer el monasterio un monje nos abrió un salón bellísimo y en la penumbra nos convidó con un poco de pan y queso. Recuerdo que de algún lado llegaban, como ahuecadas, las voces de invisibles monjes entonanado cánticos.
Cuando salimos de la gompa el sol rozaba el filo de las montañas y ya hacía frío. Estábamos cansadas, muertas de hambre y con enormes ganas de bañarnos y sacarnos la sensación de suciedad de la noche anterior pasada en Dha. A las 5 de la tarde cenamos lo que nos preparó la dueña de la guest house. ¡Qué delicia! Sopa de vegetales muy especiada, un arroz con dall, una típica salsa hecha a base de lentejas, y chapatis calentitos.
Lamayuru terminó siendo una experiencia única. Al mediodía habíamos querido huir hacia cualquier lado; ahora estábamos muertas de risa intentando bañarnos con 1 solo balde de agua hirviendo y dos jarritas. Lo logramos, y aunque parezca mentira, hasta nos lavamos el pelo.
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Más allá de los límites. Un poco más, a donde nadie, o pocos, llegan. Teniendo en cuenta mis posibilidades, siempre viajo así. Fran, mi hija, no me va a la zaga. Todos van para un lado, nosotras vamos a contramano. Habíamos leído que dentro de Ladakh existe un pequeño valle habitado por arios budistas. ¿Arios en India? Sí, en Leh y en Likit nos contaron que la gente de Dha es alta, tiene la nariz grande, la piel blanca, y que parecen, dixit, 'italianos'.
Dijimos vamos. El conductor del jeep-taxi tomó un desvío desde la carretera principal, que más allá de Likit se había convertido en una terrible pista de tierra y piedras angostísima y llena de agujeros. Al atardecer llegamos a un valle paradisíaco donde no se veía ni un alma. El conductor dijo saber donde había una guest house, pero donde buscó no había nada. Finalmente nos enteramos de que no se podía llegar con el jeep a Dha: la aldea no tiene pistas o calles.
Seis de la tarde, el sol bajaba, cargamos nuestras mochilas y nos pusimos a caminar. Al conductor lo amenazamos con matarlo si nos abandonaba en ese paraíso donde no había ni un ser viviente, así que nos siguió sin decir nada por una senda estrechita que bordeaba huertas floridas y cultivos amarillos y naranjas. Finalmente encontramos una casa. Salió un hombre que efectivamente por su color de piel y sus rasgos, hubiera podido ser mi hermano. Claro que antes habría que haberlo dejado sumergido en agua y jabón durante unas horas: Cuentan que la gente de Dha no se baña nunca. El conductor tradujo: allí podíamos quedarnos a dormir. Oscurecía, ya casi no se veía nada. A mí me dio miedo. Mucho miedo. La casa no tenía luz, los pisos eran de tierra y nuestro cuarto era cuatro colchones en el piso y una maravillosa ventana a la que le faltaba el vidrio mirando hacia valle.
Lo que siguió fue gracioso: Yo estaba desesperada y Francisca estaba extasiada. La madre quería, a toda costa, que su hija le dijera que a ella también le daba miedo pasar la noche allí. Pero Fran, fascinada, ya estaba instalada en un colchón debajo de la ventana.
-Ma, la que está muerta de miedo sos vos.
-Este lugar está perdido en el mundo. Y la puerta no tiene ni cerrojo. Me preocupás. ¿Vas a poder dormir aquí, Frani?
-Claro, estoy genial, ma. Me encanta este lugar.
Finalmente hablé con el conductor y me dijo que cenaría con nosotras y que después se iría a dormir al jeep, que había quedado estacionado como a un kilómetro. No me quedó más remedio que relajarme, cenar a la luz de dos velas la sopa que nos trajo el 'ario', y calzarme mi linterna de minero para atravesar el patio e ir al baño, que consistía en un elemental agujero en el suelo. Dormimos vestidas, con camperas y capuchas puestas, y nuestros ángeles estuvieron atentos, porque no pasó nada. Al día siguiente charlamos con el dueño de casa. Con su básico inglés se las arregló para explicarnos que la gente de Dha desciende de los soldados de Alejandro Magno. Se habían quedado allí, quizá fascinados con la fertilidad del valle, y siglos después se habían convertido al budismo.
Antes de partir caminamos por la aldea. Los poquitos habitantes de Dha (se calcula que son sólo 200) tienen su propio dialecto, sangre aria y un valle maravilloso que los provee de comida durante todo el año. Pero viven olvidados, perdidos, en medio de la mugre más grande.
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