07/02/10

Estoy aquí

Hoy no estoy en India ni en Nepal. Estoy aquí. Travelling without moving. Tengo que confesar unas cuántas cosas. Y desembucharé sin corregir. Momento, apago la música que me distrae. Continúo. Decía o no decía que estoy en mi nido. Finalmente, después de tres o cuatro meses de silencio lo digo: estoy aquí. Para sentirme a gusto cambié todos los muebles de lugar, puse mi cama en un rincón de lujo, a Chet Baker en el equipo de música, me serví un vino y me asomé un buen rato al balcón. Verano, ventanas abiertas, olor a lluvia caliente, grillos, mariposas nocturnas y la tipa llena de hojas verdes. La sensación me gustó. ¿Será que finalmente me han crecido raíces? Pequeñitas, puede ser, pero raíces al fin. De pronto he sentido que ya no estoy más ausente. Y no me refiero a este lugar, a un determinado lugar, me refiero al planeta Tierra. Fue así, milagrosamente. Ya no vuelo por la estratófera; he aterrizado y ¡oh! soy visible. Y no porque sea joven-vieja-flaca-gorda-rubia-morena o haya salido a pasear con un tremendo escote. He dejado atrás las transparencias y me he vestido de ser. Mundo: aquí estoy, tengo una expresión en la cara, una sonrisa en los labios, un letrero en la frente: ésta soy yo. Y, aunque reconozco que esta vez me he demorado más de la cuenta, otra vez, mundo, te quiero comer. La vieja voracidad me invade. Como cuando era niña no la puedo contener. Saborearte. Paladearte. Mundo. Con mi boca, con mis labios, con mi cuerpo, con todo mi ser. Vení, que te como. Vení, que te doy y me darás placer.
Fluye mi sangre, me pican los mosquitos. Tal vez me vaya a Colombia. ¿A hacer qué? A inventarme el trabajo que me falta, a mirar, a escribir, a estar sola con mi letrero en la frente, a fotografiar. Y si no será otra cosa. Lo esencial es no olvidarme de que soy una chica grande y que todavía hay un montón de cosas que quiero vivir.

Sé que como siempre que escribo ‘without moving’, lo único que hago es auto-confirmarme, darme permiso, pedirle al mundo que no se enoje conmigo ni me juzgue. Lo admito, son resabios de mi niñez. Soy vulnerable, esa pequeña niña, por eso imploro por favor, por favor, allá voy, allá necesito ir. Con poco trabajo, con poco dinero, en la cuerda floja. Sí. Pero no me vengan con la cantinela de de qué te escapás, no me sermoneen diciéndome que los nómades están todos locos, que no tengo paz, que lo que busco lo puedo encontrar acá. Los primeros hombres fueron nómades. Los guiaba el instinto de supervivencia y la curiosidad. Se hicieron sedentarios cuando necesitaron un corral donde encerrar el ganado, una despensa donde atesorar provisiones, una caja fuerte donde esconder el dinero, un armario donde guardar la ropa y las colecciones de zapatos. Dejaron de ser curiosos y se volvieron conquistadores.
Lo único que quiero es volver a los orígenes. No a los orígenes de mengano o sultano. A lo míos. Y a mí lo único que me importa –aparte de mis dos hijos- es alimentar mi curiosidad, aprender, y escribir. Para eso tengo que viajar.

01/02/10

Ashok

Después de la escenográfica parada militar en la frontera de India con Pakistán, recuerdo un episodio: Entablé una larga conversación con Ashok en el bus desde Jammu a Amritsar. Veintidós años, musulmán, estudiante de ingeniería en la Universidad de Amritsar, corte de pelo moderno, vestido con remera, jeans y zapatillas. Le comenté en algún momento que había leído distintas opiniones de especialistas apostando a que India se convertiría en la próxima potencia mundial. Como para corroborarlo, le dije que me había impactado Delhi, abierta en profundos tajos por donde pasará un metro modernísimo y llena de edificios futurísticos en construcción.
Ashok fue contundente: India podrá crecer y mejorar, pero jamás será potencia. No tiene alma ni personalidad imperialista. Una nación imperialista tiene que ser guerrera y conquistadora. India ha pasado por varias guerras, pero jamás ha comenzado ninguna. Sólo se ha defendido.

El punto de vista de Ashok me da vueltas en la cabeza. Aprendo, aprendo y aprendo.

31/01/10

¡Hindustan!

Hace 4 días que estamos en Amristar. Me quiero ir. La vida se ha convertido en un desborde: nuestra habitación con la ropa que lavamos en un balde tendida por todos lados, los ratones cada vez más numerosos, los cortes de luz cada vez más asiduos, la relación con los soñolientos empleados del hotel tan distendida que ya no disimulan y no se esfuerzan en nada de nada. Necesito moverme, avanzar. Pero falta ir hasta la frontera del Punjab con Pakistán. ¿Otra vez los tanques y la sensación de peligro que sentimos en Srinagar? No, me dice Fran, esto es distinto. El Punjab no es Kashmir, y en este Estado se ha convertido en un espectáculo ir hasta el puesto fronterizo de Attari a ver el cierre de la frontera al atardecer.

¿Cómo decirle no a mi hija, que con dos cámaras de videos en las manos y un gorro blanco calzado hasta las orejas parece una pistolera? Ok, Frani, let’s go.

A las 4 de la tarde partimos en un taxi compartido con 4 australianos. Típicos, de ésos que mascando chicle de la mañana a la noche en una semana y sin dormir recorrerán toda India. Dejamos atrás la ciudad y avanzamos por el medio de la nada. Los australianos cabecean aprovechando el frescor del aire acondicionado con la boca abierta. Una hora después el taxi aparca en un campo polvoriento donde hay estacionados un montón de camiones. Salvo las cámaras y vídeos, todo queda en el taxi. En la frontera está prohibido hasta llevar dinero. Caminamos con una multitud levantando un inmenso terragal. A medida que nos acercamos aumentan los soldados, las alambradas de púas, los registros.
Finalmente llegamos a una especie de mini estadio de fútbol. Las gradas que miran a los portones que separan India de Pakistán ya están llenos. Un grito resuena en el aire: ¡Hindustan! ¡Hindustan! ¡Hindustan! Como podemos trepamos, nos hacemos un hueco entre el gentío. El ambiente es de fiesta y muy popular. Hay familias con chicos, viejos, adolescentes, mujeres jóvenes y ancianas. Poniéndose en puntas de pie, a pocos metros se ve Pakistán, las mismas gradas que del lado indio repletas de gente vestida de negro.
La ceremonia empieza con música. Baila en frente a los portones un montón de gente del público seleccionada previamente. Explota la tarde al ritmo de Slumdog Millonaire. Controlados por varios soldados, mujeres, chicos y hombres se mueven desenfrenadamente. Es increíble ver bailar a los indios: tras la fachada de recato y la vestimenta que lo cubre todo, derrochan una sensualidad maravillosa. Luego todos vuelven a las tribunas y comienza la parada militar. Los soldados, altísimos y tocados con unos gorros que los hacen gigantes, comienzan a marchar y a hacer gestos de guerra frente al portón que los separa de Pakistán. Al otro lado sucede lo mismo. Los movimientos exhalan puro machismo. Te mato, te odio, te aplasto, parecen decirse. La gente se enardece. Se agitan miles de banderas. ¡Hindutan! ¡Hindustan! ¡Hindustan! Fran filma a cuatro manos. Tiene una sonrisa de felicidad que le va de oreja a oreja. Apretujada y sofocada, yo intento relajarme, pero la verdad es que todo esto no me gusta nada. Sí, el ambiente es de fiesta, pero si a alguno de los soldados se le escapa un tiro esto se convierte en una carnicería.
Las puertas se abren y se cierran varias veces, cada vez con más estrépito. Los soldados pakistaníes e indios se miran a través de las rejas con ferocidad y desde más cerca. Finalmente, en el instante en que se pone el sol, las puertas se cierran definitivamente hasta la mañana siguiente. La fiesta se termina. Volvemos a caminar con la multitud levantando inmensa polvareda. En el taxi nos esperan los australianos. So cool man… It was like the fucking war, man…

Grand Hotel nuevamente, última noche. Nuestro cuarto huele a jabón, parece una lavandería. Mañana nos esperan 6 horas de bus hasta Chandigarh; guauuu, se reinicia la aventura.

30/01/10

Pensamientos soporíferos

El sopor me envuelve y me aplasta la cabeza. Sentada en la galería del Grand Hotel de Amritsar –donde ya lo dije, los gatos corretean en pos de diminutos ratones-, intento deshilvanar el lío de la madeja de mis pensamientos. Oh, India. Hasta que llegué aquí di por sentado que los indios no tenían que hacer un esfuerzo para adaptarse a la suciedad, a las aglomeraciones, a la miseria, a los ruidos, sino que todo eso era lo único que conocían. Por ende, lo aceptaban como cosa corriente. Si conocés sólo el frío, el mundo es frío. Si conocés sólo la selva, el mundo es selva. Si vivís inmerso en el caos, el mundo es caos. Eso pensaba hasta que visité el Golden Temple. Entonces no entendí nada. Ya conté lo maravilloso que es el lugar, ya conté de su belleza. Pero eso es sólo una anécdota menor. Lo que realmente me tiene obsesionada es lo que sucede allí dentro.
¿Qué es la religión para los indios? En teoría, lo mismo que para cualquier cultura. Un refugio, un sitio donde cerrar los ojos, un rincón donde escaparte de este mundo. Pero yo soy occidental, espiritual pero no religiosa, y tengo que pensar dos veces para darme cuenta que aquí la religión es muchísimo más tangible que la religión católica. Más básica y esencial. La religión en la India sikh o hindú es un solaz concreto y palpable, un mundo perfecto cercano pero a la vez alejadísimo de la realidad. Para el común de la gente (la mayoría de los habitantes de India), no importan los pensamientos medianamente elevados, las ideas filosóficas, los conceptos intelectuales. En Amritsar queda claro que la religión es el NO ruido. La NO basura. El piso níveo. El agua limpia. Ni un grano de arroz en el suelo. Los cánticos en vez de las bocinas. Un lugar donde sentarse sin apretujones. Un sitio a la sombra donde descansar. Un espacio donde escuchar un cuento. Un lugar donde hay suficiente lugar.
La cabeza me explota. Uno puede leer toneladas, pero hay cosas que para aprehenderlas hay que verlas. Converso con Fran. Si los indios, en este caso sikhs e hindues, veneran el orden, la limpieza y el silencio, ¿por qué no los practican? No pueden, dice mi hija. Han aceptado que la paz no es de este mundo. Por eso no se revelan. Viven como mejor pueden, y esperan con enorme paciencia todas las vidas futuras que sean necesarias para irse para siempre de esta Tierra.

25/01/10

El templo de la quietud

Una vez que logramos atravesar las calles de Amritsar sin que nos pise un rickshaw o una moto, entramos a su Old Bazaar junto con una descomunal horda de gente. Vamos hacia el Golden Temple y no hace falta preguntar el camino: basta seguir a la multitud. Dicen que esto es así los 365 días del año, pero estamos en la semana previa a Diwali, una especie de Navidad de origen hindú que se festeja a lo largo y ancho de India, y las aglomeraciones son aún mayores. Caminamos por las estrechas callecitas cual ganado, siguiendo el paso atropellado de la gente. Somos dos occidentales en medio de saris de colores estridentes, flacos sadhus medio desnudos que vienen en peregrinación quien sabe de dónde, familias con niños, ancianos que apenas pueden caminar. Muchos son sikhs, pero también hay gente de otras religiones y de distintas partes de India. El Golden Temple es una maravilla, y mucha gente lo visita con curiosidad de turista.

El apretuje, el sol rajante, los olores especiados y nauseabundos, los ruidos ensordecedores, la suciedad, los perros famélicos, y los mendigos enfermos e inválidos se acaban a las puertas de este enorme paraíso. En realidad es como si India quedara atrás y entráramos en otro planeta. El templo es blanco níveo, enorme, y guardias vestidos de colores custodian sus puertas. El caos al que estamos acostumbradas da paso a la más impresionante quietud. Tres sitios donde dejar los zapatos atendidos por voluntarios sikhs, ya que en el templo se entra descalzo, una urna llena de pañuelos gratuitos para la gente que llegó allí con la cabeza descubierta, un piletón chato donde enjuagarse los pies, un lavadero con varias canillas donde lavarse las manos y la cara. A pesar de los cientos de personas que entran al templo nada da asco: el agua fluye constantemente, los lavaderos están inmaculadamente limpios. Antes de entrar ya siento que se me eriza la piel. La reverencia y devoción de hombres y mujeres sikhs es emocionante. Todos se toman su tiempo en la entrada, preparándose con algún tipo de plegaria para acceder al sitio sagrado. El gentío sigue siendo impresionante, sin embargo nadie empuja, todos entran en silencio y en el más completo orden.

Dentro el sol reverbera contra los muros blancos y el piso de mármol. La luz enceguece. El cuadrilátero, rodeado de anchas galerías con columnas, tiene en su centro una enorme pileta escalonada de agua turquesa. En el medio, como una isla, el Golden Temple. El templo, construido totalmente en oro es impactante, aunque a mí es lo que menos me interesa. Yo quedo pasmada por la quietud de ese lugar mágico, por los cánticos sikhs que suenan como un arrullo, porque la gente súbitamente se ha transformado y camina a paso lento alrededor de la gran pileta o se sienta bajo las galerías a disfrutar de la nada. El ambiente del Golden Temple induce a eso, a entregarse a la más completa nada, a perderse en un soporífero vacío. En India la paz es esto, el cielo es esto.

Muchos hombres de distintas edades leen pequeñísimos libros santos. Otros, siguiendo una especial y púdica ceremonia, se sacan las ropas, calzan la pequeña daga que suelen llevar los sikhs en el turbante, y hacen abluciones con el cuerpo sumergido en el agua. La música sigue sonando. La gente sigue caminando alrededor de la pileta. En esa claridad son todos hermosos. Las mujeres envueltas en increíbles saris, los bebés con los ojos pintados con khol, los ancianos con túnicas naranjas o blancas y turbantes de seda color fucsia, violeta o amarillo.
En las esquinas del gran cuadrilátero hay cocinas donde se da de comer gratis. La ración es sagrada y se sirve durante las 24 horas de los 365 días del año. La gente come con la mano, cuidando de no arrojar al suelo ni un grano de arroz. Las cocineras son voluntarias, las que se ocupan de mantener constantemente el suelo impecable también. En una zona sombreada un viejo cuentacuentos cuenta una historia. La gente lo sigue absorta, fascinada, hipnotizada con el relato.

Doy tres vueltas a la pileta, siempre siguiendo las agujas del reloj. Como yo, Fran anda quién sabe dónde, entregada a su fascinación.
Mientras la espero busco un lugar en la sombra. Me apoyo contra una columna, cierro los ojos y me entrego al acopasado vaivén de mi respiración. Cómo ansiaba esta quietud.

21/01/10

Fran

Hay un mundo de distancia entre viajar sola y viajar acompañada. Este viaje esta signado por eso, por el hecho de viajar nada más y nada menos que con mi hija Fran. Hablamos, hablamos y hablamos. Nos reímos, nos reímos, nos reímos. En un punto es casi como viajar conmigo misma, aunque no, porque cuando viajo sola escribo; en cambio ahora hablo con Fran. La experiencia es absolutamente fascinante. Sé que soy una privilegiada, debe haber pocas madres que viajan durante dos meses con su hija de 26 años. Y qué hija. Fran no tiene nada de hija dócil, de ésas que dicen a todo que sí y siguen a la madre tipo ganado. La Negri, como le digo yo, tiene una personalidad arrolladora, una independencia asombrosa y una mirada sobre el mundo muy particular. Es extraño tratar de definir nuestra relación. En un punto somos tan iguales, y en otro somos tan diferentes. En el fondo no sé si eso es lo importante, lo fundamental es cuánto nos queremos, cómo nos respetamos, todo lo que aprendemos una de la otra. La Negri es intensísima, pero de pocas palabras. Yo soy un torbellino que no cesa. Ella es una luna plateada colgada de la más hermosa noche, yo soy un sol amarillo brillando sin clemencia. Ella es jovencísima, morocha y muy blanca, yo soy adulta, muy rubia y con una piel que tiende a ponerse oscura. Pero las dos somos muy altas (extremadamente, en este país de bajitos), así que a un kilómetro de distancia, y aunque estemos disfrazadas de lo que sea, se adivina que somos extranjeras.

La primera vez que nos pidieron sacarnos una foto fue en los Mughal Gardens de Srinagar. No conté que estos jardines son algo espectacular y que turistas indios de todas partes del país llegan a visitarlos. El primer pedido de posar para una foto nos sorprendió, después tuvimos que aprender a lidiar con ello. La situación resulta un poco estresante, pero en un punto súper interesante: la gente se abalanza como si fuéramos marcianas a pedirnos tímidamente sacarse una foto junto a nosotras, y nosotras vivimos en carne propia –y por primera vez en lo que va de mis viajes- lo que significa estar en la mira de una cámara o un teléfono móvil. Bichos raros, muy raros: eso somos. A snap, please, a snap please. Yo, que soy el sol, siempre me sonrío; Fran, que es la luna, a veces pone cara de total hartazgo.
-Mum, ¿cómo me los saco de encima?
El mundo de pronto está patas para arriba.
-And where are you from?
-Oh, very far away. Argentina. Ar - gen - t i - na. Yes. The southern country in Latin America. United States? Oh no. We have nothing to do with USA. We are a different country, almost as big as India.
Fran escucha mis explicaciones de maestra ciruela con un extravagante pañuelo rojo y dorado que sacó de una urna donde se depositan trapos para la gente que llega al Golden Temple con la cabeza descubierta. Parece una chiflada divina. Pero no me río y disimulo. En cambio le saco fotos cuando alguien le pide posar a su lado, y me entrego a la felicidad suprema de estar viajando junto a ella.

20/01/10

Desde el jardín del Grand Hotel

Oh milagro. Con una cerveza en la mesa y conectada a wi-fi, escribo en mi ordenador desde el jardín del Grand Hotel de Amritsar. Suena a primer mundo, ¿verdad? Casi, casi, aunque por el jardín corretean cuatro gatos detrás de innumerables y asquerosos ratones. Yo conviviendo con ratones, dónde se ha visto. Pero uno se acostumbra a todo, o al menos lo intenta.
La verdad es que no me puedo quejar. El hotel a donde llegamos anoche es de los mejores donde estuvimos alojadas. Nuestra habitación tiene aire acondicionado, y el restaurante no está nada mal. Lo mejor que tiene el Grand Hotel es su silencio. Sí, es como un paraíso en esta ciudad caótica y terriblemente ruidosa. Me pregunto cuándo dejaré de usar las palabras caos/caótico/caótica, si alguna vez en India las olvidaré. A esta altura me parece improbable, la verdad. Por un lado –estuve releyendo todo lo que escribí hasta ahora- me doy cuenta de que mis descripciones son más bien repeticiones de todo lo que me falta, de eso que considero básico (un baño decente, una ducha caliente, una cama limpia), pero por otro lado ésa es la realidad: viajar por India es enfrentarse permanentemente con una vida medieval.
De todas maneras recién ahora, que hemos dejado el extremo norte, me siento en lo que yo me imaginé sería India. Srinagar es un universo aparte y Ladakh lo es más. Lamentablemente, al tomar el avión hasta Jammu nos perdimos la transición del mundo musulmán de Kashmir al mundo hindú/sikh de Punjab. No sólo eso: también nos perdimos las montañas convirtiéndose en llanos, el frío transformándose en calor. Mi admirado Paul Theroux, viajero incansable y feroz detractor de los viajes en avión tiene absoluta razón. Perdón Paul, pero el vuelo de Srinagar a Jammu nos salvó la vida.
Amritsar es la capital del pueblo sikh. El sikhismo es una religión derivada del hinduismo, y aquí tiene su Golden Temple, un templo que está entre los más fabulosos de India. Observar las distintas religiones de India y cómo conviven entre ellas es una de las cosas que me resultan más fascinantes de este viaje. Los sikhs, las cabezas envueltas en enormes turbantes y con aspecto de guerreros, son expresivos, se ríen con toda la boca, toman alcohol, y gesticulan al hablar. Son extremadamente abiertos, al punto que permiten que cualquier persona –sea del credo que sea- entre y disfrute del Golden Temple.
A la mañana siguiente a nuestra llegada partimos entusiasmadas a conocerlo. Pero el Golden Temple queda en el corazón de Amritsar, y la ciudad, a lo que menos se parece, es a un templo. Fea, muy deteriorada, horrible, la ciudad –otra vez- es un absoluto caos, una suciedad y una pobreza nunca vistas. Con la cabeza cubierta con un shawl, y túnicas y pantalones hindúes avanzamos por la calles. Es difícil describir la sensación de caminar constantemente sobre la mugre, sobre la basura que se arroja siempre a la vereda, difícil explicar lo que es llegar a una esquina y no poder cruzar la calle. Ya habíamos pasado por esta situación en Srinagar, pero aquí es mil veces peor. Amritsar es una ciudad más grande y la gente anda como enloquecida. Uno no puede dejar de pensar en lo poco que vale la vida de una persona, en que el resultado de un país desmesuradamente superpoblado es éste: yo, sin violencia y con toda naturalidad, paso primero, no avances porque te piso, porque te mato, no importa que vos tengas derecho porque el semáforo esté en rojo, aquí el derecho no cuenta. Una apela a la santa paciencia pero al final termina exasperándose. Mi hija Fran no sabe qué hacer conmigo. Al principio espero al borde de la vereda con calma, pero a los 20 minutos empiezo a agitar los brazos y a gritar como una loca: ¡STOP! Por supuesto nadie me hace caso y terminamos arriesgando la vida entre motos, autos, camiones y rickshaws. La India tiene eso: no hay tiempo de perserse en pensamientos profundos; constantemente estás conectada con las cosas esenciales de la vida, constantemente estás concentrada en lograr sobrevivir.

19/01/10

De Srinagar a Amritsar

A David, Encar, Louis, Guadalupe, Claudia, Paco, Emilio, Miguel, Pilar y a todos aquellos queridos desconocidos que parecen leerme el alma y me incitan a escribir.

Metida en la cama de nuestro hotel en Srinagar, mi hija Fran leía el diario. Ella tiene esa costumbre, se compra diarios (incluso viejos) del lugar en donde estamos y los lee de cabo a rabo. Yo no sé qué hacía, tal vez pensaba en cómo saldríamos de esa ciudad rodeada de barricadas. De pronto Fran me dijo: Mum, creo que nos tenemos que ir de Srinagar. Me miró con esos ojos que tiene y después leyó en voz alta una noticia que contaba que en la calle tanto, número tanto, fuerzas de seguridad habían atrapado a un hombre cargado de dinamita. Okey, eso era a una cuadra del Adhoo, el ‘maravilloso’ hotel en donde estábamos hospedadas.
Entré en un ataque de pánico, o más bien, en un ataque de rabia contra mí misma. ¿Qué estamos haciendo acá? Mañana nos vamos. Se acabó Srinagar.
Pero irse de Srinagar significaba días de jeep-taxis por carreteras espantosas, así que a la mañana siguiente decidimos evitar kilómetros de montaña rusa y nos resignamos a invertir en dos billetes de avión. Nuestro destino: Jammu, todavía en el estado de Kashmir, pero fuera del tremendo cerco militar.
Confieso que esperaba el momento de aterrizar en Jammu con ansiedad. Sin embargo, la historia de volar hasta allí fue tan estresante como caminar por las calles militarizadas de Srinagar. Nuestro vuelo salía a las 10 de la mañana, así que cargadas con nuestras mochilas partimos del hotel a las 7,30. A las 8 el taxista que nos llevaba nos anunció que ya habíamos llegado. ¿A dónde? Los radares del aeropuerto se veían a un kilómetro de distancia. Hasta allí nomás, más adelante no se podía seguir, había que continuar caminando. Nos bajamos del taxi y unos soldados salieron de sus trincheras para decirnos que no podíamos avanzar.
-Our flight leaves at 10 AM.
-You wait. Wait. The airport is closed.
-But we have a flight…
Terminamos sentadas en un costado de la calle polvorienta, esperando a que los soldados dejaran de apuntarnos y nos dejaran pasar. En el interín apareció John, un comerciante de telas de Kashmir que tenía ticket para el mismo vuelo que nosotras. Conocerlo fue una bendición. Cuando finalmente abrieron el aeropuerto –y después de no sé cuántos registros (perros olisqueándonos incluidos) y controles de seguridad- John, que conocía a empleados aduaneros, nos ayudó a embarcar y finalmente dejar Srinagar.
Ufff, aterrizar en Jammu fue un alivio, aunque no tuvimos ni un segundo para relajarnos. Queríamos tomar algún bus que nos llevara a Amritsar, ya en el estado de Punjab, así que John nos subió (literalmente hablando) en un moto-rickshaw y nos dijo good bye. Lo que siguió fue algo de película. O sea, cuando lo recuerdo no me creo que Fran y yo estuvimos ahí. El moto-rickshaw a una velocidad descomunal, las calles de Jammu atestadas de camiones, de gente y de vacas enormes, un sol infernal, tráfico enloquecido y frenazos violentos. Y de pronto la destartalada terminal de buses, una multitud, el caos absoluto, mil hombres abalanzándose sobre nosotras hablando en urdú y en un inentendible inglés. Bañadas en sudor, de la mano y apretando nuestras mochilas como si fueran salva vidas, atinamos a decir Amritsar a los gritos.
- Amritsar, Amritsar, we want to go to Amritsar.
Alguien nos manoteó y nos empujó arriba de un bus. Yo tuve tiempo de preguntar a una viejecita que estaba sentada en el primer asiento: Amritsar? La mujer hizo un gesto afirmativo con la cabeza, pagamos unas poquísimas rupias y el conductor, haciendo honor de la amabilidad india, nos hizo lugar en un tablón que hacía de asiento al lado suyo.
Recién cuando logramos relajarnos miramos a nuestro alrededor y nos dimos cuenta en dónde nos habíamos subido. El bus, viejo, ruidoso y desvensijado, era un horror, aunque el conductor era mucho peor. Durante las seis horas y media que nos llevó recorrer los 200 kilómetros hasta Amritsar nunca dejó de tocar la bocina. Nunca. Tampoco dejó de esquivar vacas y bicicletas a una velocidad desorbitante ni de clavar los frenos violentamente cada vez que alguien le hacía una seña, por más de que dentro del bus ya no cupiera ni un alfiler. A pesar del aturdimiento y el dolor terrible de cabeza me di cuenta de cómo mutaba el paisaje. Las montañas habían desaparecido por completo. Durante horas recorrimos tierras yermas y desoladas hasta que entremos en una llanura sembrada hasta el infinito de cañas de azúcar. Enormes vacas negras de piel lustrosa y cuernos puntiagudos pulalaban por todos lados. Huyendo del calor, en los escasos espacios sombreados la gente descansaba sobre catres de lona.
En el bus conocimos a Ashok, un universitario musulmán de Amritsar que viajaba con su madre de vuelta a su casa. Él vestido con jeans, remera con un dibujo de los Rolling Stones y zapatillas; la madre –preciosa- con un austero sari negro. Con ellos y con dos pasajeros más subimos en otro moto-rickshaw desde la caótica terminal hasta el Grand Hotel cuando al fin llegamos a Amritsar. Eran las 8 de la noche, habíamos comenzado nuestro viaje a las 7 y 30 de la mañana y no habíamos comido nada, sólo unos buñuelos fritos envueltos en papel de diario que habíamos comprado a un vendedor ambulante por la ventana del bus. El mareo que teníamos era sideral. Nos bañamos, comimos un maravilloso plato típico punjabi a base de arroz y verduras especiadas y nos fuimos a la cama. Estabámos muertas pero aliviadas. Todavía no habíamos visto nada de la ciudad, pero al menos sabíamos que en Amritsar no había barricadas.

29/12/09

SerViajeraFotos: el Valle de Kathmandu, Nepal

Hacé click aquí para entrar en la galería de fotos.

28/12/09

SerViajeraFotos: Kathmandu, Nepal

Hacé click aquí para entrar a la galería de fotos.